En el año 1622, unas manos desconocidas colgaron por las paredes de París un manifiesto en el que se podía leer unas declaraciones enigmáticas.
«Nosotros, diputados de nuestro colegio principal de los Hermanos de la Rosacruz, residimos de forma visible e invisible en esta ciudad gracias al Altísimo, hacia el que se dirigen los corazones de los justos.
»Nosotros enseñamos sin libros y sin signos y hablamos las lenguas del país donde queremos estar, para alejar a los hombres, nuestros prójimos, del error y de la muerte.»
Unos pocos días después apareció un segundo manifiesto no menos enigmático que el anterior.