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SAN JUAN DE DIOS; ORACIÓN PARA DEJAR VICIOS Y ADICCIONES

 
Juan de Dios nunca podría ver el sufrimiento sin tratar de hacer algo al respecto.

San Juan de
Dios es el santo patrono de los libreros, impresores, pacientes del corazón, hospitales, enfermeras, enfermos y bomberos, y es considerado el fundador de los Hermanos Hospitalarios.

ORACIÓN
 
Caritativo San Juan de Dios,
Santo bueno, lleno de caridad,
te pido intercedas por mí,
para ser fortalecido en mi voluntad
para dejar esta adicción:


(Hacer la petición para sí mismo
o para otra persona)

Continuar en este estado...
me aparta de Dios
y me hace daño físicamente,
perjudica a mi familia
y me trae grandes perjuicios en el trabajo,
el hogar y todas las esferas,
y es causa de ruina para mi
y para todos los que me rodean,
que ya apenas me reconocen.

Tú que conoces el lado oscuro del corazón
apiádate de mí y ruega por mi completa libertad,
pues mi adicción es una cárcel cruel
de la que es difícil salir.

Permite que yo tenga el control total
sobre esta dependencia,
que me aparta y aísla de los demás,
y que solo tenga sed de la palabra de Dios.

Ilumina mi entendimiento,
para saber que Dios ha puesto en mí
el gran potencial de la voluntad,
para que fortaleciéndola,
no me esconda detrás de falsas excusas
y falsas justificaciones que perpetúen esta adicción,
sabiendo que con Cristo todo lo puedo
y que para El no hay nada imposible,
ni siquiera mi presente necesidad.

Glorioso san Juan de Dios,
confiado en tu poderosa intercesión,
te pido me asistas con toda la ayuda necesaria,
ya sea humana, médica, psicológica,
con todos los recursos de los medios modernos
y tradicionales que Dios ha puesto al alcance mío
en el servicio de la medicina,
así como con las herramientas espirituales.

Te pido que yo sea dotado
de todos los elementos necesarios
para salir victorioso de este problema.

Pido esta ayuda poderosa
para la Gloria de Jesucristo Nuestro Señor.

Amén.

Rezar 1 Padre Nuestro, 1 Ave María
y 1 Gloria.

Los desamparados y los enfermos mentales a menudo han sido considerados como personas que no inspiran confianza y como los "no deseados en la sociedad". Así que la disposición de San Juan para ayudarlos y alimentarlos no siempre le hizo ganar amigos. Juan de Dios también estaba claramente dispuesto a sacrificar su tiempo, dinero y bienestar personal por los más pobres, enfermos y desesperados. Incluso una vez entró en un hospital en llamas para salvar a los pacientes cuando todos los demás no lo hacían por miedo. Después de rescatar a todas las personas, volvió a recuperar los colchones y suministros, sabiendo lo importantes que eran para cuidar a los enfermos.

 
A los 55 años, Juan saltó a un río embravecido para salvar a un niño que se ahogaba. Después de esto cogió una neumonía y pronto murió.

San Juan de Dios, obviamente, vivió el amor abnegado al que Cristo nos llama. Pero su devoción no siempre fue apreciada por una sociedad que vio su devoción como demasiado extrema. Esta opinión es común hoy en día y a menudo se nos dice que el "extremismo" en cualquier religión es perjudicial y da como resultado la violencia.
 
“¡La moderación!” Es el grito de una sociedad secular y cada vez más pluralista. "La religión está bien", nos dicen, "en la medida en que nos mantiene ocupados los domingos y nos dice que obedezcamos la ley. Pero no te la tomes muy en serio”.
 
Si bien esto puede ser cierto para otras religiones, el cristianismo moderado o poco entusiasta no es cristianismo. Seguir a Cristo es tomar en serio su llamada a alimentar y vestir a los pobres, a sanar a los enfermos y a poner las necesidades de todos los demás antes que a las nuestras. Si lo hacemos de todo corazón, inevitablemente nos veremos como excéntricos y extremistas en una sociedad que valora la riqueza y las apariencias sobre las personas. Pero los cristianos no pertenecemos principalmente a esta sociedad o incluso a este mundo. Nosotros pertenecemos a Dios. San Juan de Dios es un santo maravilloso que nos lo recuerda tanto en su vida como con su hermoso nombre.

Cuando sientes la necesidad de servir, ayudar o rezar, ¿actúas o te defiendes? Hoy, si sientes el impulso de hacer el bien, hazlo inmediatamente como lo hubiera hecho Juan de Dios sin pensar en lo práctico o vergonzoso que podría ser. 
 

ORACION A SAN JUAN DE DIOS PARA ALIVIAR NECESIDADES, PENAS Y DOLORES

 

San Juan de Dios a todos extendía su ardorosa caridad: a los enfermos, a las viudas, a los huérfanos, a los pobres, a los ancianos, a los labradores arruinados por las cosechas, a las mujeres de mala vida, a los obreros sin trabajo, a los soldados que no recibían sus pagas, a los estudiantes que se encontraban en apuros, etc. Se podrían escribir páginas y páginas con un sabrosísimo anecdotario sobre la caridad de un alma de Dios tan grande.
 
ORACIÓN
 
¡Glorioso San Juan de Dios,
caritativo protector de los enfermos,
de los necesitados y desvalidos!

Mientras vivisteis en la tierra
no hubo quien se apartase
de vos desconsolado:
el pobre halló auxilio, amparo y refugio;
los afligidos consuelo y alegría;
confianza los desesperados
y alivio en sus penas y dolores
  todos los enfermos.

Si tan copiosos fueron
los frutos de vuestra caridad
estando aún en el mundo,
¿qué no podremos esperar de vos ahora
que vivís íntimamente unido a Dios en el Cielo?

 Animados con este pensamiento,
esperamos nos alcancéis del Señor
la gracia de…

(Hacer la petición)

si es para mayor gloria de Dios
y bien de nuestras almas.

Amén.

Rezar Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
 
EL AMOR A LOS POBRES DE SAN JUAN DE DIOS

Era cuando Juan estaba maduro ya en la santidad y cuando se apellidaba «de Dios», cuando el amor de Dios y del prójimo se había apoderado totalmente de su ser.

Juan se pasó los últimos años de su vida en medio de los más pobres humanos. ¿Quién sino un loco por Dios hubiera soportado lo que él soportó?

Del breve pero interesante epistolario del santo entresacamos algunos párrafos que valen más que todas las descripciones que pudiéramos hacer del ambiente en que derrochaba amor Juan de Dios. Dice en una ocasión:

«En esta casa (en el hospital por el fundado) se reciben generalmente de todas enfermedades y suerte de gentes, así que aquí hay tullidos, mancos, leprosos, mudos, locos, perláticos, tiñosos y otros muy viejos y muy niños».
 
 Y en otra ocasión:

«Cada día se me crecen las necesidades y angustias y en demás ahora y de cada día mucho mas así de deudas como de pobres, que vienen muchos desnudos y descalzos y llagados y llenos de Piojos, que ha menester un hombre o dos que no hagan mas que escaldar piojos en una caldera hirviendo y este trabajo será de aquí adelante todo el invierno»

Ante estas y otras citas, que sólo de contarlas dan náuseas, se derretía el alma de Juan de Dios. Y no había privación, dolor, trabajo o humillación que Juan no aceptara contento para remediarlas.

San Juan de Dios fue un santo extraordinario. Comparable a San Francisco de Asís por su sencillez, pobreza y humildad y también por su encendido amor de Dios y del prójimo. Ninguno de los dos fue sacerdote. Y, sin embargo, uno y otro conmovieron profundamente a sus contemporáneos y fueron verdaderos padres de las almas.

Es lástima que no se pueda resumir la vida de nuestro santo en tan poco espacio. Merecería la pena, ya que es hondamente edificante. Sobre todo desde el período de su ruidosa conversión. Su vida fue una entrega heroica ininterrumpida a Dios y al prójimo.

Como muestra, queremos traer unas líneas de uno de los primeros biógrafos del santo en las que se nos describe uno de los últimos rasgos de caridad del santo. Dice así:

«Eran tantos los trabajos en que Juan de Dios se ocupaba por dar remedio a los de todos, así en las camillas y en las salidas que hacia, en que padecía muchas frialdades, como del trabajo ordinario de la ciudad, que se desvencijó (¡se hizo polvo diríamos en nuestra época), y de esta enfermedad, como el le hacía poco regalo, padecía gravísimos dolores, y disimulaba cuanto el podía, por no darlo a entender y dar pena a sus pobres, mas estaba ya tan flaco y debilitado y sin fuerzas, que no lo podía ya disimular y sucedió a esta sazón, que el río venía muy crecido aquel año por las grandes aguas que habla llovido, y le dijeron a Juan de Dios que el río con la corriente traía mucha leña y cepas.
 
Y el se determinó, con la gente sana que había en casa, de irla a sacar, porque el invierno era muy fuerte de nieves y fríos, para que los pobres hiciesen lumbre y se calentasen. De meterse en el río con tal tiempo, cobro tanta frialdad, sobre la enfermedad que tenía, que aquejándole mas gravemente el dolor que sufría, cayo muy malo, y la causa de meterse tanto en el río fue que, de la gente pobre que venía a sacar leña, un mozuelo entro incautamente en el río mas de lo que se podía, y la corriente lo arrebató y se lo llevaba, y Juan de Dios, por socorrerle, entro mucho, y al fin se ahogo, que no pudo asirle Y de esto cobró mucha pena, de manera que su enfermedad se iba agravando cada día mas»

Juan de Dios siguió «desvencijado», como dice su biógrafo, pero infatigable en sus extremadas penitencias y en sus trabajos por los pobres y enfermos. Hasta que le tocó caer en la brecha.

Fue el 8 de marzo de 1550. Tenía Cincuenta y Cinco años.

Presintiendo la hora de su muerte, ya en su última enfermedad, pidió que le trajeran el Santísimo. Antes se había confesado con gran fervor. Comulgar no pudo, por no resistir su estomago ningún alimento.
 
Habiendo llamado a Antón Martín, a quien tiempo atrás había convertido y hecho su colaborador más fiel, le recomendó que atendiera en lo sucesivo a sus pobres y enfermos. Y viendo que se moría, se levantó de la cama, se puso de rodillas y, abrazando un crucifijo, dijo:
 
"Jesús, Jesús, en tus manos me encomiendo».
 
Momentos después, entregaba su alma a Dios, quedando su cadáver de rodillas, con suma admiración de todos los que estaban presentes a su muerte.

Su entierro fue uno de los más solemnes que jamás conociera la ciudad de Granada. El que doce años antes había sido corrido por las calles como loco, era proclamado por todos unánimemente como santo. Pero era igual. ¿No había sido realmente loco, loco por el amor de Dios?

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