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ENSALMO DE SAN LUIS BELTRÁN PARA QUITAR EL MAL DE OJO Y SANAR ENFERMEDADES

 


A SAN LUIS BELTRAN:

El mundo por vos dichoso,
os llama por excelencia:
Beltrán santo y milagroso.

Como caudillo de Dios,
hacéis al demonio la guerra,
durmiendo en la dura tierra,
ya cielo hermoso por vos,
y así sois mas valeroso
armado de penitencia,
Beltrán santo y milagroso.

CORONAVIRUS: ORACIÓN A LA SANTA PATRONA DE LAS ENFERMEDADES CONTAGIOSAS PARA SANAR A LOS ENFERMOS


Santa Catalina de Siena dedicó su vida a ayudar a los enfermos y los pobres,que para ella era lo mismo que ayudar a Cristo sufriente y de esa manera entregar su vida a Dios.

Gran parte de su trabajo lo realizó en el hospital de Santa Maria della Scala, donde también había personas enfermas a las que nadie asistía, o porque no tenían parientes, o porque padecían enfermedades contagiosas.

Catalina se dedicó especialmente a ellos. Esta actividad duró meses, especialmente en tiempos de epidemias, las cuales fueron frecuentes y mortales; su ejemplo comenzó a ser imitado por otras hermanas de su fraternidad.

ORACIÓN A SANTA CATALINA DE SIENA PARA PEDIR POR LOS ENFERMOS DEL CORONAVIRUS

Gloriosa Santa Catalina de Siena,
Tu, fuiste un sol radiante de la caridad,
que para beneficiar a tu prójimo
obtuviste de Dios los más asombrosos milagros
llegando a ser la alegría y la esperanza de todos.


ANGELES QUE CURAN, ORACIÓN PARA PARA SANAR Y CURAR ENFERMEDADES


¿Sabías que hay ángeles con la misión de derramar sus energías sanadoras para sanar y curar, y que están esperando a que les pidas ayuda?
 
Estos ángeles están contigo en todo momento; todo lo que tienes que hacer es hacerles saber que deseas su ayuda y te la prestarán al momento. Ellos están listos para sanar tu mente, cuerpo y alma con su poderosa energía celestial.

DR. JOSE GREGORIO HERNANDEZ, MILAGROSA ORACIÓN PARA PEDIR LA CURACIÓN DE UN ENFERMO


El doctor José Gregorio Hernández puede ser considerado el venezolano más conocido de todos los tiempos. Fue glorificado debido a su sincero servicio a la gente, a quien nunca se había negado a ayudar, ni en el tratamiento, ni en el conocimiento científico y la reconfortante palabra de bendición.
 
Los venezolanos contemporáneos valoraron a José Gregorio Hernández no solo por su contribución a la medicina que comenzó a florecer en su época, sino sobre todo por su benevolencia, sinceridad y apertura de su alma. Se apresuró a ayudar en la primera llamada y nunca hizo preguntas sobre si sus servicios de médico serían pagados o no. Nunca diferenciaba entre pacientes ricos o pobres, pero se le veía más a menudo en los barrios pobres de los campesinos.
 
ORACIÓN

Señor, estoy sufriendo mucho
por buscar tan solo mi propio bien.
En todas partes veo mi imagen,
líbrame de mi egoísmo
y a imitación de tu Siervo
José Gregorio Hernández,
concédeme comprender y amar al prójimo,
especialmente al más necesitado
e imitando sus virtudes me acerque más a Ti,
que eres la fuente de toda bondad.

OH, Dios, tu que velas
con incesante providencia
por el bien de tus criaturas,
Tú, divino Señor,
que por medio de tu Hijo,
nos has dicho que busquemos para encontrar
y que llamemos para que se nos responda, 
invoco en tu nombre
al Dr. José Gregorio Hernández
para sanar a esta criatura_______
en el nombre del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo.

Que su fluido de bondad
y deseo de ayuda al necesitado
penetre en esta criatura que desea ser sanada,
 infundiéndole, con tu divino poder, salud,
vigor, vitalidad y deseo de recuperación,
y asimismo traiga a su mente,
fortaleza, animo y paz.

Os suplicamos Señor,
que le deis fuerza para resistir el mal y vencerlo.

Gracias, Oh, Dios, te doy,
por tu bondad infinita.

Hágase tu voluntad,
te lo pedimos de corazón.

Amen.

La vida del «doctor de los pobres» estaba vinculada con la iglesia católica con los vínculos más estrechos. Hernández era una persona muy piadosa, y hasta tal punto, que dos veces durante su estancia en Europa intentó convertirse en monje en monasterios con regulaciones muy severas. Pero la salud débil no permitió que el sueño de José Gregorio se hiciera realidad. El destino podría haberle exigido algo diferente: el heroísmo sacrificial cotidiano en el sincero servicio a la gente.


La vida de José Gregorio llegó a un abrupto final. El día 29 de junio de 1919, en la encrucijada de La Pastora, distrito colonial de Caracas, el "doctor de los pobres" fue atropellado por un automóvil.

Han pasado décadas desde ese trágico evento, y con cada año que pasa, la fe de los venezolanos en la santidad de José Gregorio Hernández y su don divino sanador se fortalece.

La imagen del «doctor de los pobres» puede verse en todas partes: en los íconos hechos a mano, carteles, llaveros y amuletos, calendarios y sellos. Probablemente no exista una sola casa en Venezuela que no tenga una estatua modesta de un hombre con un traje negro y un sombrero. Mucha gente le da a sus hijos el nombre de José Gregorio durante el bautizo.

Invariablemente, se recurre a este hombre con una oración de ayuda, cuando llega una desgracia a la casa, y si se va, la gente no escatima las palabras de gratitud. ¡José Gregorio nunca ha rechazado a los que sufren!
 

ORACION A SAN JUAN DE DIOS PARA ALIVIAR NECESIDADES, PENAS Y DOLORES

 

San Juan de Dios a todos extendía su ardorosa caridad: a los enfermos, a las viudas, a los huérfanos, a los pobres, a los ancianos, a los labradores arruinados por las cosechas, a las mujeres de mala vida, a los obreros sin trabajo, a los soldados que no recibían sus pagas, a los estudiantes que se encontraban en apuros, etc. Se podrían escribir páginas y páginas con un sabrosísimo anecdotario sobre la caridad de un alma de Dios tan grande.
 
ORACIÓN
 
¡Glorioso San Juan de Dios,
caritativo protector de los enfermos,
de los necesitados y desvalidos!

Mientras vivisteis en la tierra
no hubo quien se apartase
de vos desconsolado:
el pobre halló auxilio, amparo y refugio;
los afligidos consuelo y alegría;
confianza los desesperados
y alivio en sus penas y dolores
  todos los enfermos.

Si tan copiosos fueron
los frutos de vuestra caridad
estando aún en el mundo,
¿qué no podremos esperar de vos ahora
que vivís íntimamente unido a Dios en el Cielo?

 Animados con este pensamiento,
esperamos nos alcancéis del Señor
la gracia de…

(Hacer la petición)

si es para mayor gloria de Dios
y bien de nuestras almas.

Amén.

Rezar Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
 
EL AMOR A LOS POBRES DE SAN JUAN DE DIOS

Era cuando Juan estaba maduro ya en la santidad y cuando se apellidaba «de Dios», cuando el amor de Dios y del prójimo se había apoderado totalmente de su ser.

Juan se pasó los últimos años de su vida en medio de los más pobres humanos. ¿Quién sino un loco por Dios hubiera soportado lo que él soportó?

Del breve pero interesante epistolario del santo entresacamos algunos párrafos que valen más que todas las descripciones que pudiéramos hacer del ambiente en que derrochaba amor Juan de Dios. Dice en una ocasión:

«En esta casa (en el hospital por el fundado) se reciben generalmente de todas enfermedades y suerte de gentes, así que aquí hay tullidos, mancos, leprosos, mudos, locos, perláticos, tiñosos y otros muy viejos y muy niños».
 
 Y en otra ocasión:

«Cada día se me crecen las necesidades y angustias y en demás ahora y de cada día mucho mas así de deudas como de pobres, que vienen muchos desnudos y descalzos y llagados y llenos de Piojos, que ha menester un hombre o dos que no hagan mas que escaldar piojos en una caldera hirviendo y este trabajo será de aquí adelante todo el invierno»

Ante estas y otras citas, que sólo de contarlas dan náuseas, se derretía el alma de Juan de Dios. Y no había privación, dolor, trabajo o humillación que Juan no aceptara contento para remediarlas.

San Juan de Dios fue un santo extraordinario. Comparable a San Francisco de Asís por su sencillez, pobreza y humildad y también por su encendido amor de Dios y del prójimo. Ninguno de los dos fue sacerdote. Y, sin embargo, uno y otro conmovieron profundamente a sus contemporáneos y fueron verdaderos padres de las almas.

Es lástima que no se pueda resumir la vida de nuestro santo en tan poco espacio. Merecería la pena, ya que es hondamente edificante. Sobre todo desde el período de su ruidosa conversión. Su vida fue una entrega heroica ininterrumpida a Dios y al prójimo.

Como muestra, queremos traer unas líneas de uno de los primeros biógrafos del santo en las que se nos describe uno de los últimos rasgos de caridad del santo. Dice así:

«Eran tantos los trabajos en que Juan de Dios se ocupaba por dar remedio a los de todos, así en las camillas y en las salidas que hacia, en que padecía muchas frialdades, como del trabajo ordinario de la ciudad, que se desvencijó (¡se hizo polvo diríamos en nuestra época), y de esta enfermedad, como el le hacía poco regalo, padecía gravísimos dolores, y disimulaba cuanto el podía, por no darlo a entender y dar pena a sus pobres, mas estaba ya tan flaco y debilitado y sin fuerzas, que no lo podía ya disimular y sucedió a esta sazón, que el río venía muy crecido aquel año por las grandes aguas que habla llovido, y le dijeron a Juan de Dios que el río con la corriente traía mucha leña y cepas.
 
Y el se determinó, con la gente sana que había en casa, de irla a sacar, porque el invierno era muy fuerte de nieves y fríos, para que los pobres hiciesen lumbre y se calentasen. De meterse en el río con tal tiempo, cobro tanta frialdad, sobre la enfermedad que tenía, que aquejándole mas gravemente el dolor que sufría, cayo muy malo, y la causa de meterse tanto en el río fue que, de la gente pobre que venía a sacar leña, un mozuelo entro incautamente en el río mas de lo que se podía, y la corriente lo arrebató y se lo llevaba, y Juan de Dios, por socorrerle, entro mucho, y al fin se ahogo, que no pudo asirle Y de esto cobró mucha pena, de manera que su enfermedad se iba agravando cada día mas»

Juan de Dios siguió «desvencijado», como dice su biógrafo, pero infatigable en sus extremadas penitencias y en sus trabajos por los pobres y enfermos. Hasta que le tocó caer en la brecha.

Fue el 8 de marzo de 1550. Tenía Cincuenta y Cinco años.

Presintiendo la hora de su muerte, ya en su última enfermedad, pidió que le trajeran el Santísimo. Antes se había confesado con gran fervor. Comulgar no pudo, por no resistir su estomago ningún alimento.
 
Habiendo llamado a Antón Martín, a quien tiempo atrás había convertido y hecho su colaborador más fiel, le recomendó que atendiera en lo sucesivo a sus pobres y enfermos. Y viendo que se moría, se levantó de la cama, se puso de rodillas y, abrazando un crucifijo, dijo:
 
"Jesús, Jesús, en tus manos me encomiendo».
 
Momentos después, entregaba su alma a Dios, quedando su cadáver de rodillas, con suma admiración de todos los que estaban presentes a su muerte.

Su entierro fue uno de los más solemnes que jamás conociera la ciudad de Granada. El que doce años antes había sido corrido por las calles como loco, era proclamado por todos unánimemente como santo. Pero era igual. ¿No había sido realmente loco, loco por el amor de Dios?

SANTA LUCIA, ORACIÓN A LA SANTA PROTECTORA DE LOS OJOS Y LA VISTA


Oh bienaventurada y amable
virgen Santa Lucía,
universalmente reconocida
por el pueblo cristiano
como especial y poderosa
abogada de la vista.

Llenos de confianza a ti acudimos
pidiéndote la gracia
de que la nuestra vista se mantenga sana
y que el uso que hagamos de nuestros ojos
sea siempre para bien de nuestra alma,
sin que turben jamás nuestra mente,
objetos o espectáculos peligrosos,
y que todo lo sagrado o religioso
que ellos vean se convierta en
saludable y valioso motivo
de amar cada día más
a nuestro Creador y Redentor Jesucristo,
a quien, por tu intercesión,
oh protectora nuestra,
esperamos ver y amar eternamente
en la Patria celestial.

Amén. 

Rezar Padrenuestro, Avemaría y Gloria. 

Hacer con gran fe la oración y los rezos 
durante tres días seguidos. 

 

MILAGROS DE SANTA LUCÍA

La gloriosa virgen y mártir santa Lucía nació de ilustres y ricos padres en la ciudad de Zaragoza de Sicilia. Fue desde niña cristiana y muy inclinada a todas cosas de virtud y piedad, especialmente a conservar la pureza de su ánima y ofrecer a Dios la flor de su virginidad.
 
Muerto su padre, la madre, que se llamaba Euticia, contra la voluntad de la santa doncella, la concertó para casar con un caballero mozo y principal, aunque pagano; y ella lo iba dilatando y buscando ocasión para que no tuviese efecto.
 
Se la ofreció nuestro Señor muy a propósito con una larga y molesta enfermedad que dio a Euticia, su madre, de un flujo de sangre que le duró cuatro años, sin hallar en los médicos y medicinas algún remedio.
 
Se difundía entonces por toda Sicilia la fama de la bienaventurada santa Águeda, que en tiempo del emperador Decio había sido martirizada por Cristo en la ciudad de Catania, no muy distante de la ciudad de Zaragoza.
 
Hacía Dios grandes milagros en el sepulcro de santa Águeda, y concurrían de todas partes a él para alcanzar salud y otros beneficios del Señor por su intercesión.
 
Aconsejó santa Lucía a su madre que se fuesen a Catania a visitar el cuerpo de santa Águeda, porque sin duda hallaría remedios divinos para su enfermedad, ya que todos los humanos habían sido vanos y sin provecho. Fueron a Catania en su romería. Acudieron a la iglesia de Santa Águeda, se postraron en su sepulcro, e hicieron larga y devota oración, suplicando y llorando a la santa virgen para que socorriese a Euticia en aquella necesidad.
 
Estando en oración le vino un dulce sueño a santa Lucía y en él le aparecía santa Águeda resplandeciente y ricamente vestida, y acompañada de gran número de ángeles, y con rostro alegre y sereno le dijo:
 
«Hermana Lucía y virgen a Dios consagrada, ¿para qué me pides lo que tú tan fácilmente puedes dar a tu madre, a quien ya tu fe ha socorrido y dado salud?
 
Así como la ciudad de Catania ha sido ilustrada por mí, así la ciudad de Zaragoza será ennoblecida y ensalzada por ti; porque por tu limpieza y castidad has aparejado digna morada al Señor y eres templo del Espíritu Santo.»
 
A estas palabras despertó santa Lucía, y con gran regocijo dijo a su madre:
 
«Madre mía, ya estáis sana»
 
Y así fue; y la madre y la hija dieron por ello gracias a Dios y a la gloriosa santa Águeda, por cuya intercesión el Señor había sanado a Euticia.
 
Volvieron las dos a Zaragoza, y la santa hija rogó a su madre que no le hablara de esposo ni marido carnal, y que la dote que le había de dar casándola con hombre mortal y terreno se le diese para emplearla en servicio del Esposo celestial o inmortal que ella había escogido.
 
No quería Euticia despojarse de su hacienda y darla en vida, y rogaba a su hija que aguardase un poco a que ella cerrase los ojos, y después de su muerte hiciese de todo a su voluntad. Pero la santa doncella le dijo que no son tan agradables a Dios las limosnas que se hacen después de la muerte, como las que se hacen en vida, porque en la muerte se deja lo que no se puede llevar, y en la vida se da lo que se puede gozar; y que el que va de noche ha de llevar la antorcha delante para que le alumbre y vea el camino por donde va.
 
Y tanto supo decir santa Lucía a su madre, que la persuadió a que le entregase su dote; y ella la comenzó a vender y a distribuirla entre los pobres.
 
Supo esto el caballero con quien la madre la tenía concertado matrimonio, y aunque al principio por lo que le dijeron creyó que el vender las joyas y otras cosas de poco precio era para comprar una heredad muy rica y fructuosa; pero después que entendió la verdad y que toda la hacienda se repartía a los pobres, y que santa Lucía era cristiana, generó gran odio contra ella, y la acusó delante del prefecto, llamado Pascasio, de ser maga y sacrílega, y enemiga de los dioses del imperio romano. Este la mandó llamar, y teniéndola en su presencia con buenas palabras procuró persuadirle que dejase la vana superstición de los cristianos y sacrificase a los dioses. Pero la santa no hizo caso a estas razones.
 
Es más, con gran ánimo y libertad le respondió que el verdadero sacrificio y agradable a Dios era visitar a las viudas, huérfanas y personas miserables, y consolarlas en sus tribulaciones, y que ella se había ocupado tres años en este sacrificio, repartiendo a los pobres lo que tenía, y que ya no le quedaba que dar sino su persona, la cual, deseaba ofrecer a Dios en perpetuo, sacrificio. Y como Pascasio le dijese que aquéllos eran sueños y desvaríos de cristianos, y palabras vanas que no se le habían de decir a él, que guardaba la religión antigua y los mandatos de los emperadores; santa Lucía con maravillosa constancia le respondió:
 
«Tú guardas las leyes de tus príncipes, o yo las de mi Dios. Tú temes a los emperadores de la tierra, y yo al del cielo. Tú no quieres ofender a un hombre mortal, o yo no quiero ofender al Rey inmortal. Tú deseas agradar a tu señor, y yo a mi Creador. Tú haces lo que piensas que está bien, y yo hago lo que juzgo que me conviene. No te canses, ni pienses que me podrás con tus razones apartar del amor de mi Señor Jesucristo.»
 
Se embraveció el prefecto, y convirtiendo aquella primera amistosa entrevista en enojos y braveza, dijo malas palabras a la santa doncella, tratándola como a mujer liviana, y que había gastado su patrimonio en mal vivir.
 
Aquí santa Lucía le dijo:
 
«Yo he puesto mi patrimonio en lugar seguro, y he aborrecido siempre a los que corrompen las almas, que sois vosotros; pues nos persuadís que dejemos a nuestro Creador y verdadero esposo Jesucristo, y adulteremos con las criaturas, adorándolas y teniéndolas por verdaderos dioses. También he huido de la conversación de los que corrompen los cuerpos, los cuales se abrazan con los deleites de la carne, y encarnizados en ella y aprisionados y cautivos de sus pasiones torpes, anteponen el gusto suyo y breve a los gozos limpios y eternos.»
 
«Muchas palabras son ésas (dice Pascasio); y llegando los azotes, cesarán.»
 
Le echan mano para llevarla; pero (¡oh virtud de Dios!) la hizo el Señor tan inmoble, que ninguna fuerza de hombres, ni  yuntas de bueyes que trajeron fue poderosa para moverla del lugar donde estaba.
 
Atribuyó el prefecto la virtud divina a artes del demonio, y creyó que santa Lucía, como hechicera y maga, se defendía de su poder; pues siendo mujer y flaca, resistía a tantos hombres valientes y robustos que con todas sus fuerzas la querían mover y no podían. Mandó llamar a sus encantadores y nigrománticos para que después deshiciesen aquellos hechizos, y ellos hicieron su oficio, y usaron de todas sus artes diabólicas; pero en vano.
 
Quedó Pascasio pasmado y como fuera de sí, y daba bramidos como un león, viéndose vencido por una delicada doncella. Y la santa virgen, volviéndose á él, le dijo:
 
«¿Por qué te congojas y te atormentas? Si conoces que soy templo de Dios, cree, y si aun no estás cierto de ello, haz otras pruebas hasta que lo conozcas. No son hechizos ni es demonio el que me hace inmovible, sino el Espíritu de Dios, que por estar aposentado en mi alma puede hacerme de tantas fuerzas, que todo el mundo no baste a moverme de donde estoy.»
 
Mandó el juez poner mucha leña, resina y aceite al rededor de la santa, y encenderlo todo para quemarla. Mas ella, como si estuviera en algún jardín muy agradable y ameno, estuvo segura, sin quemarse, y dijo al juez:
 
«Yo he rogado a mi Señor Jesucristo que este fuego no me dañe, y que dilate mi martirio para que los fieles sean firmes en su fe, y no teman sus tormentos, y los infieles se confundan viendo lo poco que pueden contra los siervos del Altísimo.»
 
Mandó el juez que la atravesaran con una espada el cuello; y estando la bienaventurada virgen herida de muerte, oró todo el tiempo que quiso, y habló cuanto quiso a los cristianos que estaban presentes, diciéndoles que se consolasen, porque pronto la Iglesia tendría paz y los emperadores que le hacían guerra dejarían el mando y señorío. Y que así como la ciudad de Catania tenía a santa Águeda, su hermana, por patrona, así ella lo sería de la ciudad de Zaragoza si se convirtiese a la fe de Cristo.
 
Y para que se vea el castigo que Dios, como justo juez, da a los malos y perversos jueces, estando santa Lucía cercada de fuego, y herida y derramando su preciosa sangre, y con admirable suavidad y divina constancia animando y consolando a los cristianos, en aquel mismo tiempo detuvieron a Pascasio los sicilianos, y le cargaron de cadenas por ladrón y destruidor de toda aquella provincia, y le pasaron delante los ojos de la santa virgen; y acusado en Roma, fue condenado a muerte.
 
Luego santa Lucía, después de haber recibido el sagrado cuerpo del Señor de mano de los sacerdotes, que secretamente se lo trajeron, dio su bendita alma a Dios.
 
Su cuerpo fue sepultado en la misma ciudad de Zaragoza, donde hoy día tiene dos templos: uno muy suntuoso fuera de la ciudad en el lugar de su martirio, y otro dentro de ella. Estuvo su sagrado cuerpo muchos años en Zaragoza, y Dios, nuestro Señor, hizo grandes milagros por su intercesión a los fieles que se encomendaban a ella.
 
De allí fue llevado a Constantinopla, y después, pasando el tiempo, fue trasladado a Venecia, donde es venerado con mucha fe.
 
El martirio de santa Lucía fue el 13 de diciembre (en que la Iglesia celebra su fiesta), al fin del imperio de Diocleciano y Maximiano, los cuales (como la misma santa lo profetizó) se privaron voluntariamente del mando y señorío que tenían, y después por justo juicio de Dios murieron desastradamente.
 
Tienemos a esta preciosa virgen por abogada de la vista, y comúnmente la pintan con sus ojos en un plato que tiene en sus manos. La causa de pintarse así, su historia no lo dice, ni tampoco que se haya sacado los ojos por librarse de un hombre lascivo que la perseguía, como algunos escriben. Pero cada día se experimentan nuevas gracias y favores que hace el Señor a los que tienen mal de ojos, si con devoción se encomiendan a santa Lucía.
 
Y así debemos todos tenerla gran devoción, no solamente para que nos guarde por medio de sus oraciones la vista corporal, sino mucho más para que alcancemos la espiritual y eterna.


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