SAN PANCRACIO, ORACIÓN AL NIÑO MÁRTIR PARA QUE NO FALTEN LA SALUD Y EL TRABAJO



ORACIÓN 

A ti, ¡oh precioso Niño Mártir!
a ti, vengo desvalido,
a solicitar tu ayuda: trabajo y salud
con humildad te pido. 


De padres paganos y nobles nacido,
Dios quiso tomarte pronto a su servicio,
y quedaste huérfano desde jovencito,
bajo La tutela de tu tío Dionisio
que aumentó tus bienes, cultivó tu espíritu,
y de tu talento, notando el prodigio,
te condujo a Roma, entre los patricios,
a vivir la vida de los nobles ricos. 


 
Con él te alojaste junto al Palatino,
en un gran palacio donde el Papa San Sixto
encontró un refugio contra él paganismo. 

Tú le socorriste, le prestaste asilo,
y por ser humano y caritativo,
fuiste iniciado en la fe de Cristo,
y purificaste tu alma en el bautismo,
ardiendo en la llama, del amor divino, 
negaste airado a los dioses gentílicos. 

Por tu fortaleza y por tu heroísmo,
más propio de un hombre que propio de un niño;
por tu caridad con el Papa Sixto,
por la ruda prueba de verte cautivo,
y ver en tus brazos morir a tu tío,
a ti, ¡oh precioso Niño Mártir!
a ti, vengo desvalido,
a solicitar tu ayuda: trabajo y salud,
con humildad te pido.

Cargan de cadenas tu cuerpo vencido,
respiras un aire escaso y mefítico:
duermes en el suelo, peor que un mendigo,
tú, que eras tan rico, tú, que tenías
cien palacios magníficos,
los más blandos lechos, los mejores linos,
vajillas de oro, banquetes opíparos,
y miles de esclavos para tu servicio.

Todas tus riquezas las has repartido,
ya no tienes nada, ni bienes ni amigos,
pero en tu alma fuerte llevas escondido
el tesoro inmenso de la fe de Cristo.

Por seguir sus pasos todo lo has perdido;
la cárcel te guarda, te aguarda el martirio,
y todo lo aceptas con sano heroísmo
resignado, humilde, sereno y contrito,
con los ojos siempre en el cielo fijos.

Por tus sufrimientos en prisión cautivo,
y por la entereza sin par de tu espíritu,
a ti, ¡oh precioso Niño Mártir!
a ti, vengo desvalido,
a solicitar tu ayuda: salud y trabajo
con humildad te pido.

Sabiendo el tirano de quién eras hijo,
demanda que en el acto le lleven al niño,
primero con ruegos, con halago y mimo,
intenta apartarle del santo camino,
y al ver que no puede lograr disuadirlo,
une a la amenaza el más vil cinismo,
y cruel le condena a horrible martirio,
si de ser cristiano no abjura allí mismo.

Pero el niño heroico, puesta su fe en Cristo,
no cede al halago, ni cede al castigo,
y, en la Vía Aurelia, un verdugo indigno
corta la cabeza al excelso niño,
que a Dios da las gracias al rendir su espíritu.

A ti, ¡oh precioso Niño Mártir!
A ti, vengo desvalido,
a solicitar tu ayuda: salud y trabajo
con humildad te pido.

Amén.

Rezar tres Padrenuestros y tres Glorias.

Repetir la oración y los rezos tres días seguidos,
o nueve, como una novena,
si la petición es muy urgente.


Para saber más de San Pancracio:

Fue martirizado el santo con catorce años por orden de Diocleciano, hacía el año 304.

Es incuestionable es su existencia y esa popularidad, que ha llegado hasta nuestro tiempo. Su culto se remonta al siglo IV, aunque la mención primera que conocemos se localiza en el siglo V, cuando se le menciona en el Martirologio Jeronimiano, a mediados de ese siglo.

Su popularidad comenzó a partir de la edificación de un templo sobre su tumba, cuando el papa Símaco mandó levantar en su honor y sobre su tumba una basilica en los primeros años del siglo VI, posiblemente sobre otro templo ya existente. Más tarde otro papa, Honorio I, construyó sobre ella un nuevo templo entre los años de 625 y 638. Hechos que quedaron grabados sobre el proplo sepulcro de San Pancracio:

«Por los méritos insignes y las singulares gracias del Bienaventurado Pancracio, el obispo Honorio, siervo del Señor, para bien del pueblo de Dios, ordenó derribar el Viejo edificio que amenazaba ruina y no contenía los restos del santo, debido al descuido de los antiguos. Mandó construir de nueva planta otra Iglesia y, dentro del altar adornado con marmoles preciosos, colocó las reliquias que antes estaban en la pared extenor del edificio»

Quedan así definitivamente garantizados los fundamentos para que el Joven mártir cristiano gozara de amplísima populandad, algo que, aunque no tan masivamente, ya se había iniciado en los mismos días de su muerte.

Luego se escribiría la narración de su martirio o pasión, popularizada posiblemente en el slglo VI, coincidiendo con la edificación de la basilica, sobre su tumba. Su nombre venía ya figurando desde el slglo V en los martirologios como el Jeronimiano del siglo V, de donde pasó al romano.

Coinciden en este santo una serie de calificativos que obsesionan a las gentes de nuestros días: belleza, martirio, trabajo y riquezas. Algo que nos explica la cantidad de invocaciones con las que viene accediendo a él el pueblo cristiano a lo largo de los distintos siglos. A todo ello hay que añadir los milagros obrados por su intercesión.

Uno de los lugares donde su popularidad conoce los más altos niveles es el Reino Unido, gracias a la edificación de una de sus primeras iglesias, realizada por San Agustín de Canterbury a finales del siglo VI.

La lista de remedios que el pueblo cristiano ha buscado en San Pancracio a lo largo de los tiempos es variable. Sabemos por ejemplo que aún en el siglo XIX el ramo textil de Barcelona lo tenía como patrón. Todavía quedan bastantes ciudades en el mundo que lo celebran como patrón: Bergen, Albano, Giesen, Leiden, etc.

Muchos acuden a él para defenderse del perjurio, la calumnia y el falso juramento. San Gregario de Tours en el siglo VI nos habla ya de la costumbre de acudir al sepulcro de San Pancracio para ser absuelto de los falsos juramentos, pues se le creía vengador de perjurios.

Se le invoca contra los espasmos, calambres, dolores de cabeza y las enfermedades de la piel. En Francia se acude a su protección para prevenir las siembras de las heladas tardías de mayo, y por supuesto y universalmente para buscar trabajo y gozar de buena salud. Todo un repertorio de necesidades que la limitación humana siente con frecuencia y que para dirigirse al cielo ningún aliado mejor que un niño inocente de 14 o 15 años.

Su fiesta se celebra el 12 de mayo, haciendo coincidir su martirio con el de los santos Nereo y Aquiles. En Roma hay una iglesia que desde 1517 es título cardenalicio. Antiguamente las madres romanas llevaban allí a sus hijos el domingo octava de Pascua, pues desde los días del papa Símaco estaban colocados unos baños en las cercanías de la iglesia dedicada a su nombre. Aún ahora muchos jóvenes suelen reunirse en sus cercanías.

La iconografía cristiana también lo celebra como un caballero cubierto totalmente con su coraza y apoyado en una lanza o espada. La imagen del Museo de Basano en Italia se ha hecho muy popular. Quizás por eso también hacia aquí dirigen su mirada los caballeros alemanes que le tienen por patrono.

En cualquier caso, la figura de San Pancracio forma en la línea admirable y admirada de santos niños que brillan en el cielo de la Iglesia, como Eulalia de Mérida, Pelayo de Córdoba, Inés de Roma, Póntico de Lyón o Segunda de Thuburbo en Túnez.

Todos hacen realidad el lema en latín que figura en la estampa con que se populariza ahora San Pancracio y que traducido quiere decir: «Venid a mí y yo os daré todos los bienes».

 

SAN FRANCISCO DE SALES, ORACIÓN PARA PEDIRLE UN FAVOR PERSONAL URGENTE


Maestro enviado desde el Cielo,
luz y amor verdadero para todas las almas,
glorioso San Francisco de Sales,
que siempre quisiste ante todas cosas
que en los corazones reinase
la belleza y la simplicidad de amor,
para conseguir que las almas  
fuera enteramente de Dios. 

Hoy que en la vida eterna
disfruta tu corazón en el supremo bien,
como buscaste en todos tus actos
de tu santa vida terrenal te pido ayuda 
para salir de todos los males que me aquejan. 

 
Alcánzame del Corazón de Jesús
esta unidad y pureza de amor,
y la gracia especial que deseo,
y que te suplico en esta plegaria 
si ha de conducir a la mayor gloria del Señor.

Glorioso San Francisco de Sales, 
que suavizaste el tortuoso camino
para la perfección cristiana,
para que las almas con alas de paloma,
como deseaba David,
volaran a descansar unidas con el sumo bien,
en la santa libertad de espíritu,
deshaciéndolas de todas las cosas,
personas, empleos y lugares,
siguiendo la santa voluntad de Dios:
alcánzame del Corazón de Jesús
la paz del alma, la salud del cuerpo
y la gracia personal que
con tanta urgencia necesito
y con tanta fe y esperanza te solicito: 

(Hacer la petición de un favor personal).

Dulcísimo San Francisco de Sales,
que mirabas a todas las personas 
situadas dentro del costado del Salvador
para deshacerte (como tú mismo dijiste)
en dulzura de caridad con ellos,
alcánzame del mismo Corazón de Jesús,
de donde tú la participaste,
esta dulzura de caridad con el prójimo,
para que amándole como a mi mismo,
sea solamente un corazón y un alma
donde perfectamente reine Dios por siempre
en estado de amor y de gracia. 

Amén. 

Rezar tres Padrenuestros y un Gloria. 

Haz con mucha esperanza esta oración y los rezos 
durante cinco días seguidos y verás los resultados. 
 
Para saber más de San Francisco de Sales...
 
Patrono de los periodistas y escritores católicos (según lo declaró Pío XI en su Encíclica del 26 de enero de 1923), el famoso santo Francisco de Sales, fue hijo primogénito de una de las más nobles, antiguas y distinguidas familias de Saboya, y por su obra ascética, memorables escritos y ejemplar virtud, está reconocido como uno de los más altos maestros de almas que hayan existido.
 
Murió en 1622,  cuando tenía cincuenta y cinco años, pero su obra continúa viviendo en el corazón fiel de la humanidad.
 
Fue beatificado en 1661, canonizado en 1665 por Alejandro VII y, finalmente, proclamado doctor de la Iglesia universal por Pío IX en 1877.
 
Los que han comentado su vida afirman que tuvo una brillante fantasía, feliz memoria, clara inteligencia y un corazón dulce y sensible.
 
Muy joven pasó a estudiar en el Colegio de Clermont (París), dirigido por la Compañía de Jesús. Luego se dirigió a Padua, en cuya Universidad siguió la carrera de derecho o jurisprudencia, graduándose doctor cuando tenía 24 años. Más adelante, renunciando a la brillante posición y enlace que su padre le prometía, abrazó la carrera eclesiástica.
 
El obispo de Ginebra y el duque de Saboya lo nombraron misionero en Chablais, territorio dominado por los herejes, y se dirigió allá, no obstante la negativa de sus familiares y amigos.
 
Tan magnífica fue su obra espiritual, debida principalmente a su celo y predicación, que el obispo Granier le nombró su coadjutor, siendo después, en 1602, elevado a la dignidad episcopal.
 
Siendo obispo de Ginebra, desarrolló una intensa actividad apostólica, fundando con la baronesa de Chantal (Santa Juana Francisca de Frémiot), el Instituto de la Visitación, y escribiendo importantes obras ascéticas, que han servido de guía en el camino espiritual a gran número de personas.
 
Fue un autorizado maestro de almas. Los fundamentos de su escuela sostienen que la santidad y la perfección evangélica son cosa sencilla, alegre y para todos sin excepción. No sólo defendía y exaltaba las llamadas grandes virtudes, como la pobreza, la obediencia y la castidad; también amaba profundamente las pequeñas virtudes que, como la sencillez, verdad y trato atento y sufrido, son diminutas prendas del alma y conducen a la vida superior.
 
De estas virtudes dejó notables ejemplos en su conducta y continuas exhortaciones en sus celebrados escritos. Pueden citarse entre sus principales obras la Introducción a la Vida Devota, que ha sido traducida a todos los idiomas modernos y de la que se han hecho grandes elogios; la Práctica del amor de Dios, libro escrito a instancias de Santa Juana de Chantal y primeras religiosas de la Visitación y, por último, las célebres Controversias o Meditaciones, así como sus incomparables sermones, publicados pocos años después de su muerte.
 
En todas estas obras resplandecen su estilo y la profundidad de su pensamiento, y además la forma amena y sutil del conversador persuasivo, de vieja prosapia francesa.
 
Como hombre, como religioso y como escritor, San Francisco de Sales es una de las figuras más bellas en la historia espiritual del mundo. Nadie puede olvidar su obra ni ignorar sus escritos, tan ágiles y certeros que Pío XI, como se dijo al comienzo, lo nombró patrono de los periodistas y escritores católicos.

SANTA FRANCISCA ROMANA, ORACIÓN PARA OBTENER EL SUSTENTO DIARIO Y LA SOLUCIÓN DE TODA NECESIDAD


Después de la muerte de su primer hijo, la santa decidió convertir su casa en hospital y Dios premió sus oraciones y trabajos concediéndole el don de sanar a los enfermos.
 
ORACIÓN 

Oh Buen Dios, Padre misericordioso, 
que en Santa Francisca Romana
nos has dado un ejemplo único
de amor
tanto en el matrimonio como en la vida religiosa. 

Por mediación de ella, te pido el don
 de saber, amarte y servirte con toda
la perseverancia y la fortaleza necesarias 
para que en todas las circunstancias
pueda fijar mi mirada solo en ti,
seguir a tu Hijo unigénito,
y fielmente llevar mi cruz con gratitud. 

 
¡Oh, gloriosa santa francisca Romana! 
por los numerosos méritos que has ganado 
por medio del sufrimiento, 
te solicito tu poderosa intercesión
para conseguir ganar con mi propio esfuerzo
y que nunca me falte, el sustento diario
y la cobertura de todas mis necesidades.

(Exponer con detalle la petición a la santa).

 Ayúdame también a obtener el conocimiento
para distinguir la diferencia
entre mi propia voluntad
y la santa voluntad de Dios.

Ayúdame a obtener sabiduría
saber descartar mi propio bien
y dar preferencia al bien de los demás,
ya que tu dedicaste tu vida a ello
amando y haciendo lo que Dios deseaba.

Brillante Joya de la Orden de San Benito,
santa francisca Romana,
tú que fuiste dirigida por la divina Providencia
para ser un patrón de toda virtud,
y mostrar tu ayuda y compasión 
a las doncellas, a las matronas y a las viudas, 
ruega por nosotros a nuestro divino Salvador
 para que sepamos distinguir 
todas las vanidades del mundo
y bajo la guía de nuestro Ángel Guardián,
podamos crecer diariamente en el amor de Dios,
y finalmente para ser hechos partícipes
contigo en el cielo, de la felicidad gloriosa.
 
Amén.

Rezar Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.

Hacer la oración junto a los rezos cinco días seguidos.
 
Conoce más a Santa Francisca Romana...
 
La figura de Santa Francisca Romana se nos aparece bajo la luz celestial de las numerosas apariciones con que Dios se dignó favorecerla.
 
En el libro Fisonomías de santos, de Ernesto Helio, se describen con minuciosidad las visiones de Santa Francisca. Según este autor, una de las más hermosas visiones que tuvo tan admirable mujer, es la de los tres cielos.
 
"Aquel día —escribió— vio el cielo estrellado, el cielo cristalino y el cielo empíreo."
 
Por lo que respecta al primero, contempló su esplendor y observó la enorme distancia que separa a unas estrellas de otras. Muchas de ellas le parecieron más grandes que la tierra. Ese cielo le reveló la existencia de una inmensidad desconocida y jamás imaginada.
 
El cielo cristalino le pareció tan alto sobre el estrellado como éste se halla por encima de la tierra. Vio que el esplendor de este segundo cielo era mucho mayor que el del primero, y en cuanto al empíreo, advirtió que era mucho más elevado que los anteriores.
 
"Su inmensidad y magnificencia —dice Helio— son inimaginables. Las almas bienaventuradas y los santos de la tierra, iluminados por los rayos que partían de las llagas del Salvador, brillaban a los ojos de Francisca con resplandor desigual bajo un fuego de rayos desiguales. Las llagas de los pies iluminaban a los que amaron, las de las manos a los que amaron más, y las del costado a los que amaron con profunda pureza".
 
Santa Francisca vio en esta visión a su alma abismada en la llaga del corazón. Vio la llaga del corazón como un mar sin orillas: era un abismo cuyo fondo no se veía; y en cuanto más avanzaba, más insondable le parecía su inmensidad...
 
Terminemos —agrega— con la visión más alta:
 
"He visto —dice a su guía espiritual—, al Ser antes de la creación de los ángeles. He visto al Ser como es permitido verlo a una criatura que vive en la carne." "Era un círculo inmenso y espléndido. Este círculo no descansaba en nada más que en sí mismo. Él era su propio sostén, un esplendor que el espíritu no se figura cómo salía de aquel círculo, y Francisca no podía mirarlo fijamente porque su fulgor era intolerable. Bajo el círculo infinito y deslumbrador había un desierto que daba idea del vacío: era el lugar del cielo antes de que el cielo existiera.
 
En el círculo había algo como la semejanza de una columna muy blanca y absolutamente deslumbrante: era como un espejo en el que Francisca percibía el reflejo de la Divinidad; y vio trazados allí algunos caracteres: principio sin principio, y fin sin fin. Pues Dios llevaba el arquetipo de todas las cosas en su Verbo antes de crear cosa alguna.
 
Después, he aquí que, como innumerables copos de nieve que cubren las montañas, fueron creados los ángeles. Un tercio de ellos será precipitado en el abismo; los otros dos tercios permanecerán en la gloria. "La Inmaculada Concepción de la Virgen apareció a Santa Francisca en esta visión fundamental. "La visión del otro mundo fue el signo particular el y el rasgo característico de Santa Francisca Romana."
 
Hasta aquí la admirable descripción de Ernesto Helio, sobre la sorprendente visión de la santa. Pero tuvo otras visiones, relativas a personas y hechos del mundo y de su época. En ellas Dios mostraba a Francisca, simbólicamente, el pecado en lucha con el hombre, y hubo ocasiones en que a la santa le fue dado descubrir alguna falta grave bajo una faz al parecer inocente.
 
Este don, que en otra persona hubiera sido temible, en Francisca era consolador, pues al punto procuraba auxilio a los pecadores y los guiaba con prudencia hacia el arrepentimiento y el bien.

SAN JOSÉ CAFASSO, ORACIÓN PARA PEDIR SU AYUDA Y PROTECCIÓN PARA UN PRESO

 
Haznos dignos, Señor,
de servir a las personas en todo el mundo
que viven y mueren en la pobreza y el hambre
al igual que hizo tu siervo
san José Cafasso.
 
Dales a través de nuestras manos, 
este día, su pan de cada día, 
y por nuestro entendimiento, 
dales amor, dales paz y alegría.
 
A ti, Glorioso San José Cafasso,
que naciste con una dolorosa anomalía
que afectó tu salud física y moral
y aún a pesar de esta deformidad,
ayunaste y viviste santamente,
a ti, que tanto ayudaste a los presos
dándoles apoyo, consuelo y ayuda,
a ti te invoco hoy para solicitar
tu valiosa protección y ayuda. 

 
Siempre devoto como un niño,
miembro de la Tercera Orden Franciscanos,
profesor, capellán y rector de una universidad,
fuiste reconocido por su trabajo
entre los prisioneros italianos, reconfortándolos, convirtiéndolos antes de que fueran ajusticiados,
te pido que veles por___________
que se encuentra privado de libertad
y temo por su vida a manos de sus enemigos.

Protégele de todo peligro, glorioso santo,
no permitas que sea agredido
antes bien, cuida de él como su ángel guardián,
y no permitas que su salud se resienta. 

Calma su espíritu y no permitas
que participe de discusiones y rencillas,
infúndele calma y tranquilidad. 

Humilde San José Cafasso, 
que como el Padre Pío y San Juan Vianney, 
pasaste muchas horas en el confesionario. 

Oremos para que podamos aprovechar
este misericordioso sacramento
y acudir a él a menudo.

San José, usted era un amigo
y consejero espiritual de Don Bosco,
alentándolo en su trabajo con los niños de la calle.

Oremos para que todos tengamos amigos sagrados
y mentores que puedan ayudarnos
a acercarnos más a Dios.

San José, que nunca dejaste que tu frágil salud
te frenase ni te quejaste del dolor,
oremos para que podamos soportar nuestros sufrimientos con paciencia en unión con Cristo Jesús.

Así sea.

Rezar tres Padrenuestros y Gloria.

Esta oración es muy efectiva si se hace con mucha fe.
Se repite, junto a los rezos por tres días seguidos.
 
San José Cafasso, como todos los santos, fue un hombre esencialmente humilde, condición inseparable de la verdadera santidad. ¿De qué modo experimenta la humildad uno de estos varones impecables?
 
Puede darnos una idea la homilía escrita por San Juan Crisóstomo cuando fue ordenado presbítero, a fines del siglo IV de nuestra era:
 
"¿Serán por ventura reales las cosas que me están sucediendo?...
 
¿Quién podría creer que, siendo de día y estando todos los hombres despiertos y en vigilia, un pobrecillo y despreciado y de ínfima clase, haya sido encumbrado a tan grande alteza de dignidad?. . . ¡Una ciudad de tanta grandeza y tan populosa y un pueblo tan admirable, se desvive por la pequeñez mía, como si fuera a escuchar de mis labios alguna cosa notable y preclara!
 
Mas he aquí que aunque de mí brotara, al modo de los ríos perennes, el discurso, y aunque estuvieran en mi boca las fuentes de la elocuencia, todavía, por el miedo a este concurso de tan inmensa multitud que corre a escucharme, se detendría la corriente y los ríos se volverían hacia atrás.
 
"Ahora, en cambio, como esté yo tan lejos de la abundancia de los ríos y de las fuentes que ni siquiera llego a lo exiguo de una mediana llovizna, ¿cómo puede suceder que no se extinga necesariamente mi pequeño caudal, desecado por el temor, y que no me suceda exactamente lo que en lo corporal suele sucedernos?
 
¡Que muchas veces, precisamente por el temor, se nos caen de las manos las cosas que en ellas tenemos y con los dedos apretamos, porque se nos aflojan los nervios y el cuerpo todo se nos relaja en su vigor!
 
Este es el miedo que yo tengo ahora: que los discursos que con tanto trabajo he preparado, aunque sean verdaderamente humildes y de ninguna importancia, se me olviden con el temor y se me evaporen y se me vayan y dejen desierto mi espíritu.
 
Por lo cual, os ruego a todos vosotros por igual, a los que tenéis el mando y a los que al mando obedecéis, que, en la medida que fue grande el nerviosismo en que nos colocasteis por vuestro apresuramiento en venir a escucharnos, así sea grande la audacia con que hablemos, inspirados por la diligencia de vuestras oraciones; y que supliquéis al que da palabras de grande virtud a los que anuncian la Buena Nueva, nos las de también a nosotros y sea Él quien abra nuestra boca.
 
Ningún trabajo será para vosotros, tantos y tan esclarecidos varones, levantar el ánimo de un pobrecito, decaído a causa del temor. Más aún: es cosa conveniente y justa que nos concedáis lo que ahora os pedimos, ya que sólo en vuestro favor y por amor a vosotros, hemos echado a suertes este discurso; motivo más fuerte y poderoso que otro cualquiera, puesto que a nosotros, que no tenemos excesiva experiencia en el hablar, ha logrado movernos y nos ha arrastrado al púlpito, y nos ha hecho salir al medio del estadio de la enseñanza, a pesar de que anteriormente no habíamos aprendido este género de certámenes; sino que, colocados perpetuamente en las filas de los oyentes, habíamos gozado sin trabajo de completa tranquilidad."
 
De tan modesta manera consideraba San Juan Crisóstomo sus dotes para el magisterio eclesiástico, a pesar de que desde entonces hasta nuestros días, se le considera como uno de los más brillantes oradores de la Iglesia.
 
Y no es que tuviera una idea falsa acerca de estas dotes, sino que se esforzaba en no atribuirse el mérito de ellas, supuesto que provenían de Dios en cuanto eran buenas.
 
Tal es lo esencial de la humildad: aceptar sencillamente los dones con que Dios nos favorece y emplearlos, sin envanecerse, en provecho de la comunidad.


SANTA LUCIA, ORACIÓN A LA SANTA PROTECTORA DE LOS OJOS Y LA VISTA


Oh bienaventurada y amable
virgen Santa Lucía,
universalmente reconocida
por el pueblo cristiano
como especial y poderosa
abogada de la vista.

Llenos de confianza a ti acudimos
pidiéndote la gracia
de que la nuestra vista se mantenga sana
y que el uso que hagamos de nuestros ojos
sea siempre para bien de nuestra alma,
sin que turben jamás nuestra mente,
objetos o espectáculos peligrosos,
y que todo lo sagrado o religioso
que ellos vean se convierta en
saludable y valioso motivo
de amar cada día más
a nuestro Creador y Redentor Jesucristo,
a quien, por tu intercesión,
oh protectora nuestra,
esperamos ver y amar eternamente
en la Patria celestial.

Amén. 

Rezar Padrenuestro, Avemaría y Gloria. 

Hacer con gran fe la oración y los rezos 
durante tres días seguidos. 

 

MILAGROS DE SANTA LUCÍA

La gloriosa virgen y mártir santa Lucía nació de ilustres y ricos padres en la ciudad de Zaragoza de Sicilia. Fue desde niña cristiana y muy inclinada a todas cosas de virtud y piedad, especialmente a conservar la pureza de su ánima y ofrecer a Dios la flor de su virginidad.
 
Muerto su padre, la madre, que se llamaba Euticia, contra la voluntad de la santa doncella, la concertó para casar con un caballero mozo y principal, aunque pagano; y ella lo iba dilatando y buscando ocasión para que no tuviese efecto.
 
Se la ofreció nuestro Señor muy a propósito con una larga y molesta enfermedad que dio a Euticia, su madre, de un flujo de sangre que le duró cuatro años, sin hallar en los médicos y medicinas algún remedio.
 
Se difundía entonces por toda Sicilia la fama de la bienaventurada santa Águeda, que en tiempo del emperador Decio había sido martirizada por Cristo en la ciudad de Catania, no muy distante de la ciudad de Zaragoza.
 
Hacía Dios grandes milagros en el sepulcro de santa Águeda, y concurrían de todas partes a él para alcanzar salud y otros beneficios del Señor por su intercesión.
 
Aconsejó santa Lucía a su madre que se fuesen a Catania a visitar el cuerpo de santa Águeda, porque sin duda hallaría remedios divinos para su enfermedad, ya que todos los humanos habían sido vanos y sin provecho. Fueron a Catania en su romería. Acudieron a la iglesia de Santa Águeda, se postraron en su sepulcro, e hicieron larga y devota oración, suplicando y llorando a la santa virgen para que socorriese a Euticia en aquella necesidad.
 
Estando en oración le vino un dulce sueño a santa Lucía y en él le aparecía santa Águeda resplandeciente y ricamente vestida, y acompañada de gran número de ángeles, y con rostro alegre y sereno le dijo:
 
«Hermana Lucía y virgen a Dios consagrada, ¿para qué me pides lo que tú tan fácilmente puedes dar a tu madre, a quien ya tu fe ha socorrido y dado salud?
 
Así como la ciudad de Catania ha sido ilustrada por mí, así la ciudad de Zaragoza será ennoblecida y ensalzada por ti; porque por tu limpieza y castidad has aparejado digna morada al Señor y eres templo del Espíritu Santo.»
 
A estas palabras despertó santa Lucía, y con gran regocijo dijo a su madre:
 
«Madre mía, ya estáis sana»
 
Y así fue; y la madre y la hija dieron por ello gracias a Dios y a la gloriosa santa Águeda, por cuya intercesión el Señor había sanado a Euticia.
 
Volvieron las dos a Zaragoza, y la santa hija rogó a su madre que no le hablara de esposo ni marido carnal, y que la dote que le había de dar casándola con hombre mortal y terreno se le diese para emplearla en servicio del Esposo celestial o inmortal que ella había escogido.
 
No quería Euticia despojarse de su hacienda y darla en vida, y rogaba a su hija que aguardase un poco a que ella cerrase los ojos, y después de su muerte hiciese de todo a su voluntad. Pero la santa doncella le dijo que no son tan agradables a Dios las limosnas que se hacen después de la muerte, como las que se hacen en vida, porque en la muerte se deja lo que no se puede llevar, y en la vida se da lo que se puede gozar; y que el que va de noche ha de llevar la antorcha delante para que le alumbre y vea el camino por donde va.
 
Y tanto supo decir santa Lucía a su madre, que la persuadió a que le entregase su dote; y ella la comenzó a vender y a distribuirla entre los pobres.
 
Supo esto el caballero con quien la madre la tenía concertado matrimonio, y aunque al principio por lo que le dijeron creyó que el vender las joyas y otras cosas de poco precio era para comprar una heredad muy rica y fructuosa; pero después que entendió la verdad y que toda la hacienda se repartía a los pobres, y que santa Lucía era cristiana, generó gran odio contra ella, y la acusó delante del prefecto, llamado Pascasio, de ser maga y sacrílega, y enemiga de los dioses del imperio romano. Este la mandó llamar, y teniéndola en su presencia con buenas palabras procuró persuadirle que dejase la vana superstición de los cristianos y sacrificase a los dioses. Pero la santa no hizo caso a estas razones.
 
Es más, con gran ánimo y libertad le respondió que el verdadero sacrificio y agradable a Dios era visitar a las viudas, huérfanas y personas miserables, y consolarlas en sus tribulaciones, y que ella se había ocupado tres años en este sacrificio, repartiendo a los pobres lo que tenía, y que ya no le quedaba que dar sino su persona, la cual, deseaba ofrecer a Dios en perpetuo, sacrificio. Y como Pascasio le dijese que aquéllos eran sueños y desvaríos de cristianos, y palabras vanas que no se le habían de decir a él, que guardaba la religión antigua y los mandatos de los emperadores; santa Lucía con maravillosa constancia le respondió:
 
«Tú guardas las leyes de tus príncipes, o yo las de mi Dios. Tú temes a los emperadores de la tierra, y yo al del cielo. Tú no quieres ofender a un hombre mortal, o yo no quiero ofender al Rey inmortal. Tú deseas agradar a tu señor, y yo a mi Creador. Tú haces lo que piensas que está bien, y yo hago lo que juzgo que me conviene. No te canses, ni pienses que me podrás con tus razones apartar del amor de mi Señor Jesucristo.»
 
Se embraveció el prefecto, y convirtiendo aquella primera amistosa entrevista en enojos y braveza, dijo malas palabras a la santa doncella, tratándola como a mujer liviana, y que había gastado su patrimonio en mal vivir.
 
Aquí santa Lucía le dijo:
 
«Yo he puesto mi patrimonio en lugar seguro, y he aborrecido siempre a los que corrompen las almas, que sois vosotros; pues nos persuadís que dejemos a nuestro Creador y verdadero esposo Jesucristo, y adulteremos con las criaturas, adorándolas y teniéndolas por verdaderos dioses. También he huido de la conversación de los que corrompen los cuerpos, los cuales se abrazan con los deleites de la carne, y encarnizados en ella y aprisionados y cautivos de sus pasiones torpes, anteponen el gusto suyo y breve a los gozos limpios y eternos.»
 
«Muchas palabras son ésas (dice Pascasio); y llegando los azotes, cesarán.»
 
Le echan mano para llevarla; pero (¡oh virtud de Dios!) la hizo el Señor tan inmoble, que ninguna fuerza de hombres, ni  yuntas de bueyes que trajeron fue poderosa para moverla del lugar donde estaba.
 
Atribuyó el prefecto la virtud divina a artes del demonio, y creyó que santa Lucía, como hechicera y maga, se defendía de su poder; pues siendo mujer y flaca, resistía a tantos hombres valientes y robustos que con todas sus fuerzas la querían mover y no podían. Mandó llamar a sus encantadores y nigrománticos para que después deshiciesen aquellos hechizos, y ellos hicieron su oficio, y usaron de todas sus artes diabólicas; pero en vano.
 
Quedó Pascasio pasmado y como fuera de sí, y daba bramidos como un león, viéndose vencido por una delicada doncella. Y la santa virgen, volviéndose á él, le dijo:
 
«¿Por qué te congojas y te atormentas? Si conoces que soy templo de Dios, cree, y si aun no estás cierto de ello, haz otras pruebas hasta que lo conozcas. No son hechizos ni es demonio el que me hace inmovible, sino el Espíritu de Dios, que por estar aposentado en mi alma puede hacerme de tantas fuerzas, que todo el mundo no baste a moverme de donde estoy.»
 
Mandó el juez poner mucha leña, resina y aceite al rededor de la santa, y encenderlo todo para quemarla. Mas ella, como si estuviera en algún jardín muy agradable y ameno, estuvo segura, sin quemarse, y dijo al juez:
 
«Yo he rogado a mi Señor Jesucristo que este fuego no me dañe, y que dilate mi martirio para que los fieles sean firmes en su fe, y no teman sus tormentos, y los infieles se confundan viendo lo poco que pueden contra los siervos del Altísimo.»
 
Mandó el juez que la atravesaran con una espada el cuello; y estando la bienaventurada virgen herida de muerte, oró todo el tiempo que quiso, y habló cuanto quiso a los cristianos que estaban presentes, diciéndoles que se consolasen, porque pronto la Iglesia tendría paz y los emperadores que le hacían guerra dejarían el mando y señorío. Y que así como la ciudad de Catania tenía a santa Águeda, su hermana, por patrona, así ella lo sería de la ciudad de Zaragoza si se convirtiese a la fe de Cristo.
 
Y para que se vea el castigo que Dios, como justo juez, da a los malos y perversos jueces, estando santa Lucía cercada de fuego, y herida y derramando su preciosa sangre, y con admirable suavidad y divina constancia animando y consolando a los cristianos, en aquel mismo tiempo detuvieron a Pascasio los sicilianos, y le cargaron de cadenas por ladrón y destruidor de toda aquella provincia, y le pasaron delante los ojos de la santa virgen; y acusado en Roma, fue condenado a muerte.
 
Luego santa Lucía, después de haber recibido el sagrado cuerpo del Señor de mano de los sacerdotes, que secretamente se lo trajeron, dio su bendita alma a Dios.
 
Su cuerpo fue sepultado en la misma ciudad de Zaragoza, donde hoy día tiene dos templos: uno muy suntuoso fuera de la ciudad en el lugar de su martirio, y otro dentro de ella. Estuvo su sagrado cuerpo muchos años en Zaragoza, y Dios, nuestro Señor, hizo grandes milagros por su intercesión a los fieles que se encomendaban a ella.
 
De allí fue llevado a Constantinopla, y después, pasando el tiempo, fue trasladado a Venecia, donde es venerado con mucha fe.
 
El martirio de santa Lucía fue el 13 de diciembre (en que la Iglesia celebra su fiesta), al fin del imperio de Diocleciano y Maximiano, los cuales (como la misma santa lo profetizó) se privaron voluntariamente del mando y señorío que tenían, y después por justo juicio de Dios murieron desastradamente.
 
Tienemos a esta preciosa virgen por abogada de la vista, y comúnmente la pintan con sus ojos en un plato que tiene en sus manos. La causa de pintarse así, su historia no lo dice, ni tampoco que se haya sacado los ojos por librarse de un hombre lascivo que la perseguía, como algunos escriben. Pero cada día se experimentan nuevas gracias y favores que hace el Señor a los que tienen mal de ojos, si con devoción se encomiendan a santa Lucía.
 
Y así debemos todos tenerla gran devoción, no solamente para que nos guarde por medio de sus oraciones la vista corporal, sino mucho más para que alcancemos la espiritual y eterna.


ORACIÓN DE SAN JOSÉ DE CUPERTINO PARA ESTUDIANTES CON DIFICULTADES


Santo humilde, bueno y caritativo,
glorioso San José de Cupertino,
nada me gustaría más que mi corazón
un día llegase a parecerse al tuyo.
 Infunde en mí tu bondad, tu fe y tu fervor,
ayúdame hoy santo mío,
y yo me esforzaré en imitar tus virtudes.

querido santo, protector mío,
los estudios me causas dificultades,
me resulta duro el aprendizaje e incluso aburrido.
Tú puedes hacérmelo fácil y agradable.
Esperas solamente mi llamada.
Yo te prometo un mayor esfuerzo en mis estudios
y una vida más digna de tu santidad. 

 
Oh Dios, que dispusiste atraerlo todo
a tu unigénito Hijo,
elevado sobre la tierra en la Cruz,
concédeme qué, por los méritos y ejemplos
de tu Seráfico Confesor José,
a quién he elegido como protector
y santo mediador ante tu presencia,
la petición que le he hecho
sea agradable a tu favor y gracia. 

 Amén. 

Rezar tres Padrenuestros y tres Glorias. 

La oración debe hacerse con mucha esperanza 
durante tres días seguidos. 


Con toda humildad, San José de Cupertino se llamaba a sí mismo "Fray Asno", pues reconocía que carecía de habilidades naturales para las cosas prácticas.
 
Era torpe de manos, distraído y olvidadizo.
 
En cambio, poseía un entendimiento sobrenatural, un corazón amoroso y humilde, capaz de ganar la admiración de todo el mundo.
 
Cuenta la tradición un episodio que pinta al santo de cuerpo entero, y es el siguiente:
 
Caminaba fray José de Cupertino de su celda hacia el refectorio, cuando, de pronto, lo sorprendió uno de sus frecuentes éxtasis. Se detuvo entonces, a solas en el corredor, y comenzó a hablar suavemente, con expresión beatífica.
 
Pasó poco después junto a él el Hermano portero, y se detuvo también, oyendo aquel extraño diálogo, del cual sólo podía escuchar lo que el santo decía, pues sólo éste oía dentro de sí la voz sobrenatural de su divino interlocutor.
 
—No importa, Señor —decía fray José—, que tenga en este mundo todos los accidentes que me ocurren, si puedo escucharte de vez en vez... Tú y yo sabemos nuestro negocio.
 
El Hermano portero, alarmado, se atrevió a llamar la atención de fray José:
 
—¿Con quién hablas, Hermano?
 
El humilde santo parecía no oír al portero, pues continuaba mirando al infinito y diciendo:
 
—Sí, sí, ya sé que la mula de la noria está sin forraje, y que en mi celda hay que poner un poco de orden; pero te ofrezco que lo haré en seguida.
 
Creyó el inocente portero que fray José estaba respondiéndole a él, y dijo:
 
—Yo no te estaba recriminando por lo que no has hecho, sólo quería saber con quién hablabas.
 
Ya iba el Hermano portero a dar media vuelta para marcharse, cuando observó que el santo lanzaba un hondísimo suspiro, entrecerraba los ojos y comenzaba a elevarse del piso lentamente. Espantado, el portero sólo pudo exclamar:
 
—¡Virgen Santísima! —y salió huyendo a toda prisa, para referir cuanto había visto al abad.

El abad ya tenía noticia de los prodigios que se observaban en fray José, y después de meditar un momento, dijo al portero:
 
—Hermano, no veo sino una solución a lo que me ha contado.
 
—¿Cuál, reverendo Padre?
 
—Que vaya usted mismo a dar el forraje a la mula y a poner orden en la celda de ese santo varón, que, por lo visto, está sumamente ocupado en las cosas sobrenaturales.
 
Se apresuró el portero a obedecer al abad, y al filo del anochecer, cuando la campana llamó para ir al refectorio a merendar, volvió a encontrarse con fray José, que todavía estaba en el corredor y no había salido de su éxtasis. Pero en ese instante volvió en sí, y, habiendo perdido toda noción del tiempo, dilo al portero:
 
—¡Hermano portero! Avisa por favor que antes de ir a comer, voy a dar forraje a la mula y a poner un poco de orden en mi celda.
 
No supo el portero qué replicar al santo, y se limitó a seguirlo. Entonces, observó cómo fray José llegaba junto a la mula que estaba comiendo el forraje, y luego cómo llegaba a su celda y la encontraba ordenada. Fray José exclamó con toda naturalidad:
 
—¡Alabado sea Dios! Ya había cumplido yo con mis pequeñas tareas, y no lo recordaba. Vamos pues a comer, Hermano portero.


ORACION A SAN FELIPE NERI PARA NECESIDADES, PREOCUPACIONES Y TRISTEZAS




Bienaventurado San Felipe Neri,
 santo patrono de la alegría,
 tú que confiaste en la promesa
 de las Santas Escrituras,
 de que el Señor está siempre
al alcance de todos
 y que no necesitamos tener ansiedad por nada,
 en tu compasión y gran bondad:
 sana nuestras preocupaciones y tristezas
 y levanta las cargas de nuestros corazones.

 Venimos a ti con un corazón lleno
 de abundante amor a Dios y toda la creación. 

 
En nuestro pesar, te rogamos,
 sobre todo por esta necesidad
que angustia nuestro corazón
y nos causa tristeza y preocupación:

 (hacer la petición).

San Felipe bondadoso protégenos
 por medio de tu intercesión amorosa,
 y que el gozo del Espíritu Santo
 que llenó tu corazón,
 transforme nuestras vidas
 y nos conceda la paz.

Te lo rogamos por Jesucristo nuestro Señor
por su amada Madre la Virgen María
y por los dones del Espíritu Santo.

 Amén.

Rezar la Salve, el Credo y Gloria. 
  Repetir tres días seguidos la oración y los rezos.
 
INFANCIA DE SAN FELIPE NERI

El segundo de los hijos, y primero de los varones, del señor Francisco Neri, ciudadano de Florencia (Italia), nació el día 21 de julio del año 1515, a las seis de la tarde, pero según nuestro modo de contar el tiempo, corresponde a las dos de la madrugada del día siguiente, o sea el 22, fiesta de Santa María Magdalena.
 
El recién nacido fue llevado aquella misma mañana al baptisterio, donde recibió los nombres de Felipe y Rómulo. El padre de Felipe era notario, profesión bastante considerada entonces en Florencia, por ser una de las Artes mayores cuyo ejercicio capacitaba para obtener la magistratura; pero el señor Francisco no alcanzó nunca gran renombre en el ejercicio de dicha profesión y su condición social fue siempre modesta.
 
Su hija Catalina era mayor que Felipe, y Elisabet, la menor. Un cuarto hijo, Antonio, vivió poco; así es que al morir Felipe, se extinguió con él la familia.
 
Felipe apenas si llegó a conocer a su madre, la señora Lucrecia de Mosciano, ya que ésta murió poco después del nacimiento de Antonio, el año 1520; pero más adelante, su padre contrajo segundas nupcias con una mujer de muy buen carácter, con la que Felipe se avino perfectamente, y ella, a su vez, le distinguió con tan singular afecto, que aun en su lecho de muerte se interesaba por él.
 
El mismo año del fallecimiento de la madre de Felipe, la familia se fue a vivir a la parte de la ciudad que domina el río Arno, llamada Costa de San Jorge. Desde allí gozaban de un magnifico panorama, viendo más allá del río, la ciudad extendida a sus pies, y al fondo la colina coronada con la pequeña ciudad de Fiésole.
 
Felipe era un niño singularmente agraciado, de modales finos, de espíritu alegre y afectuoso; era de aquellos que se ganan fácilmente la simpatía de los demás. De esto y de lo excelente de su conducta nos ofrece una buena prueba el que sus conciudadanos le distinguieran con el nombre de "Pippo buono" (Felipillo el bueno).
 
No hablaba de ser sacerdote ni monje, ni tampoco gustaba de devociones como el adornar capillitas u otras cosas parecidas. Pero le gustaba visitar las iglesias de la ciudad y uno fácilmente se lo imagina sentado en algún rincón del templo, gozando su alma en aquel ambiente de dulce paz.
 
Sobre todo le gustaba visitar el convento de San Marcos, pues tenía amigos muy queridos en él, como los Padres Dominicos. Su predilección por la Orden de Predicadores duró tanto como su vida.
 
Siendo ya muy anciano dijo a los padres de esta Orden, del convento de la Minerva, en Roma: "Todo lo bueno que haya habido en mí desde mi juventud lo debo a vuestros padres de San Marcos".
 
Un día, cuando apenas contaba ocho años de edad, sus padres se lo llevaron a Castelfranco, de donde era oriunda la familia, y donde el señor Francisco tenía una heredad.
 
Llegados allí, dejaron al niño solo en el patio de la casa para que se entretuviera jugando. ¿Podía haber nada más divertido para un niño de su edad que el saltar a la grupa de un borrico que había ahí, bien cargado de frutas y de hortalizas?
 
Desgraciadamente ocurrió que, estando el borrico al borde de una escalera de piedra que conducía a la bodega, cuando Felipe intentó dar el salto sobre el animal, éste con su carga y el niño rodaron abajo, con tan mala fortuna que asno y carga quedaron encima de Felipe. Todos le creyeron muerto, pero no sólo le sacaron con vida, sino casi sin lesión alguna. El propio Felipe siempre consideró milagroso tan feliz resultado de su travesura.
 
Muy joven se trasladó a la villa de San Germán, donde un tío suyo quiso hacer de él un comerciante, pero según declaró él mismo tiempo después, este oficio duró "sólo unos pocos días".
 
Los italianos, sin embargo, usan frases muy poco precisas para medir el tiempo. Pedirle a uno que aguarde "un momentino", a menudo equivale a hacerle aguardar poco menos de una hora. Así es que las palabras "unos pocos días" pueden significar algunos meses.


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