ORACIÓN DE SAN JOSÉ DE CUPERTINO PARA ESTUDIANTES CON DIFICULTADES


Santo humilde, bueno y caritativo,
glorioso San José de Cupertino,
nada me gustaría más que mi corazón
un día llegase a parecerse al tuyo.
 Infunde en mí tu bondad, tu fe y tu fervor,
ayúdame hoy santo mío,
y yo me esforzaré en imitar tus virtudes.

querido santo, protector mío,
los estudios me causas dificultades,
me resulta duro el aprendizaje e incluso aburrido.
Tú puedes hacérmelo fácil y agradable.
Esperas solamente mi llamada.
Yo te prometo un mayor esfuerzo en mis estudios
y una vida más digna de tu santidad. 

 
Oh Dios, que dispusiste atraerlo todo
a tu unigénito Hijo,
elevado sobre la tierra en la Cruz,
concédeme qué, por los méritos y ejemplos
de tu Seráfico Confesor José,
a quién he elegido como protector
y santo mediador ante tu presencia,
la petición que le he hecho
sea agradable a tu favor y gracia. 

 Amén. 

Rezar tres Padrenuestros y tres Glorias. 

La oración debe hacerse con mucha esperanza 
durante tres días seguidos. 


Con toda humildad, San José de Cupertino se llamaba a sí mismo "Fray Asno", pues reconocía que carecía de habilidades naturales para las cosas prácticas.
 
Era torpe de manos, distraído y olvidadizo.
 
En cambio, poseía un entendimiento sobrenatural, un corazón amoroso y humilde, capaz de ganar la admiración de todo el mundo.
 
Cuenta la tradición un episodio que pinta al santo de cuerpo entero, y es el siguiente:
 
Caminaba fray José de Cupertino de su celda hacia el refectorio, cuando, de pronto, lo sorprendió uno de sus frecuentes éxtasis. Se detuvo entonces, a solas en el corredor, y comenzó a hablar suavemente, con expresión beatífica.
 
Pasó poco después junto a él el Hermano portero, y se detuvo también, oyendo aquel extraño diálogo, del cual sólo podía escuchar lo que el santo decía, pues sólo éste oía dentro de sí la voz sobrenatural de su divino interlocutor.
 
—No importa, Señor —decía fray José—, que tenga en este mundo todos los accidentes que me ocurren, si puedo escucharte de vez en vez... Tú y yo sabemos nuestro negocio.
 
El Hermano portero, alarmado, se atrevió a llamar la atención de fray José:
 
—¿Con quién hablas, Hermano?
 
El humilde santo parecía no oír al portero, pues continuaba mirando al infinito y diciendo:
 
—Sí, sí, ya sé que la mula de la noria está sin forraje, y que en mi celda hay que poner un poco de orden; pero te ofrezco que lo haré en seguida.
 
Creyó el inocente portero que fray José estaba respondiéndole a él, y dijo:
 
—Yo no te estaba recriminando por lo que no has hecho, sólo quería saber con quién hablabas.
 
Ya iba el Hermano portero a dar media vuelta para marcharse, cuando observó que el santo lanzaba un hondísimo suspiro, entrecerraba los ojos y comenzaba a elevarse del piso lentamente. Espantado, el portero sólo pudo exclamar:
 
—¡Virgen Santísima! —y salió huyendo a toda prisa, para referir cuanto había visto al abad.

El abad ya tenía noticia de los prodigios que se observaban en fray José, y después de meditar un momento, dijo al portero:
 
—Hermano, no veo sino una solución a lo que me ha contado.
 
—¿Cuál, reverendo Padre?
 
—Que vaya usted mismo a dar el forraje a la mula y a poner orden en la celda de ese santo varón, que, por lo visto, está sumamente ocupado en las cosas sobrenaturales.
 
Se apresuró el portero a obedecer al abad, y al filo del anochecer, cuando la campana llamó para ir al refectorio a merendar, volvió a encontrarse con fray José, que todavía estaba en el corredor y no había salido de su éxtasis. Pero en ese instante volvió en sí, y, habiendo perdido toda noción del tiempo, dilo al portero:
 
—¡Hermano portero! Avisa por favor que antes de ir a comer, voy a dar forraje a la mula y a poner un poco de orden en mi celda.
 
No supo el portero qué replicar al santo, y se limitó a seguirlo. Entonces, observó cómo fray José llegaba junto a la mula que estaba comiendo el forraje, y luego cómo llegaba a su celda y la encontraba ordenada. Fray José exclamó con toda naturalidad:
 
—¡Alabado sea Dios! Ya había cumplido yo con mis pequeñas tareas, y no lo recordaba. Vamos pues a comer, Hermano portero.



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