SANTO DOMINGO DE LA CALZADA, ORACIÓN AL SANTO PATRONO DE INGENIEROS Y CONSTRUCTORES


Santo Domingo de la Calzada, patrón de los ingenieros civiles, fue un religioso burgalés responsable de buena parte de las obras viarias del Camino de Santiago. Es el patrón tanto de los antiguos ingenieros de Caminos, Canales y Puertos y de los Ingenieros Técnicos de Obras Públicas, así como de los recientes Ingenieros Civiles.
 
ORACIÓN
 
Oh, glorioso Santo Domingo,
tú que fuiste modelo de mortificación y pureza,
castigando tu cuerpo inocente con ayunos y vigilias, y manteniendo inviolable el lirio de tu virginidad,
obtén para mi la gracia que con tanta fe te solicito.



Gran santo, que, inflamado de amor divino,
encontraste tu deleite en la oración
y la unión íntima con Dios,
haz que seamos fieles en nuestras oraciones diarias,
que amemos ardientemente a Nuestro Señor
y que observemos sus mandamientos
con una fidelidad cada vez mayor.

Oh glorioso Santo Domingo, quien,
lleno de celo por la salvación de las almas,
predicaste el Evangelio en temporada
además de trabajar constantemente
para beneficio de pobres y necesitados,
ruega a Dios por mi para que mis necesidades
sean siempre satisfechas,
y pueda trabajar siempre lleno de salud,
con ánimo y alegría.
 
 Ruega a Dios también para que Él me conceda
amar a todos mis hermanos sinceramente
y cooperar siempre, mediante nuestras oraciones
y buenas obras, en su santificación y salvación eterna.

Ora por mi, Santo Domingo,
 para que pueda ser digno de las promesas de Cristo. 

Amén
 
Durante los últimos cuarenta años de su vida fue de hecho en toda la comarca el padre de los pobres y desamparados, el protector de los que se hallaban en peligro y verdadero prodigio de caridad en todas las formas en que ésta puede ejercitarse.
 
A lo largo del siglo XI, se había ido desarrollando una devoción cada día más intensa al sepulcro de Santiago. De todas partes de Castilla, Aragón y Cataluña, y, lo que es más significativo, desde todos los territorios cristianos de Europa, de Francia, los Países Bajos y Alemania, e incluso Inglaterra e Irlanda, Suecia y Noruega, Rusia y Polonia, acudían peregrinos en dirección a Santiago de Compostela. Todos ellos, atravesando toda Francia y entrando por Irún e internándose luego en La Rioja y Castilla, se dirigían al venerado santuario de Santiago. Tan intensa llegó a ser esta devoción, que en torno al año 1100 Compostela llegó a ser, después de Tierra Santa y del sepulcro de los príncipes de los apóstoles Pedro y Pablo en Roma, el santuario más concurrido de toda la cristiandad.



El culto tributado a las reliquias del apóstol Santiago, primero en la Iglesia levantada por el rey de Asturias Alfonso II el Casto, hacia el año 820, y luego en la que hizo construir a fines del mismo siglo Alfonso III el Magno, había continuado intensificándose, hasta que el terrible Almanzor, poco antes del año 1000, arrasó por completo toda la comarca, pero dejando afortunadamente intacto el sepulcro del apóstol. Por eso, pasada rápidamente aquella borrasca, se incrementó más todavía el culto de Santiago durante todo el siglo XI. De este modo, el arzobispo de Santiago Diego Peláez puso en 1077 la primera piedra de la gran catedral hoy existente, que otro gran arzobispo, Diego Gelmírez, terminó en el siglo XII.

Ahora bien, el lugar escogido por Santo Domingo de la Calzada, sitio de tránsito casi obligado para los innumerables peregrinos compostelanos, era por demás agreste y estaba erizado de toda clase de peligros para los transeúntes.

 
Poblado todo él de espesos bosques y rodeado de abruptas montañas, ofrecía seguras madrigueras a numerosas bandas de ladrones, que sembraban el terror por todas partes. El plan, pues, de Domingo consistía, para hablar en términos modernos, en urbanizar aquellos parajes, convirtiéndolos en una verdadera población cristiana que hiciera desaparecer aquellos peligros y Sirviera de apoyo y descanso para los peregrinos de Santiago. y su incomparable mérito estaba en haber realizado plenamente este plan poniendo en su ejecución un heroísmo sin ejemplo. Y todo esto sin abandonar su vida de contemplación y su heroica penitencia.

Por esto continuó gozando hasta su muerte de fama de extraordinaria austeridad de vida y de gran santidad.
 
Ante todo, construyó una casa sencilla donde pudieran cobijarse él y los que con él trabajaban en las diversas obras que emprendía.

A su lado levantó luego una pequeña iglesia en honor de la Santísima Virgen, que constituyó la base de la catedral que posteriormente se construyó. Al mismo tiempo intensificó el trabajo sistemático de roturar los terrenos que a ello se prestaban, plantando árboles en abundancia y logrando después de algunos años transformar todos aquellos páramos en las tierras fértiles que hoy admiramos.

 
Continuando el trabajo iniciado en su primera etapa de vida eremítica, realizó otra obra fundamental. Poniendo en juego todo su empeño de peón, organizador, constructor y aun ingeniero, construyó con maravillosa solidez la calzada que atraviesa aquellos parajes, talando en diversas partes el espeso bosque y abriendo paso en otras a través de peñascales o construyendo los necesarios terraplenes. Aliado de la calzada que fue resultando de todos estos trabajos, se reclinaban las casas que se iban construyendo y las obras mayores que surgieron después, sobre todo la catedral y el hospital, refugio de peregrinos.

Para que la obra realizada fuese completa, comprendió la necesidad de construir un puente sobre el Oja, y como no se arredraba ante ninguna dificultad, emprendió rápidamente esta obra, con lo que acreditó una vez más su arte de ingeniería y mereció el título honorífico de patrono de Ingenieros de Montes y Caminos.

De hecho, después de superar las dificultades de todas clases que a esta obra se le opusieron, el puente quedó terminado.

Entonces emprendió otra obra de gran envergadura. Verdadero ingeniero de la Providencia, con un arte no aprendido en los libros, sino en su propia inspiración y en la ayuda de Dios, levantó entonces el Hospital u Hospicio de peregrinos. Con ello no sólo hizo una obra sumamente útil y aun necesaria para aquella población, que iba creciendo rápidamente, sino para los mismos peregrinos, que, cada día en más número, atravesaban aquel territorio camino de Santiago.

Ahora bien, es evidente que para todas estas obras no se bastaba él con sus incansables manos. Así, pues, empezó bien pronto a implorar la ayuda de los demás, acudiendo para ello a las villas y caseríos vecinos. Y como su fama de hombre caritativo, de gran bienhechor de toda la comarca y de santo extraordinario había cundido por todas partes, encontraba colaboración abundante en las más diversas formas. Así, unos se le ofrecían como peones; otros le proporcionaban carros o yuntas de bueyes para el transporte de los materiales; otros le procuraban maderas, piedra y toda clase de material necesario para la construcción. Su labor, pues, consistía en proponer oportunamente las necesidades en que se encontraba para aquellas obras destinadas al bien común y continuar luego los trabajos emprendidos.

Pero la actividad del Santo no terminó con la construcción del puente sobre el Oja y el hospicio de los peregrinos. Se le atribuye igualmente la construcción de cuatro oratorios. Uno de ellos sería la pequeña Iglesia, dedicada a la Santísima Virgen.

Los otros fueron levantados en diversas partes de la comarca.

Se afirma, además, que levantó la Iglesia dedicada al Salvador, que, agrandada posteriormente, fue convertida en catedral en 1180, cuyo Obispo fue Siempre el de Calahorra. En ella se conservan los restos de Santo Domingo de la Calzada.

En adelante, pues, la diócesis se llamará de Calahorra y de Santo Domingo de la Calzada.

Tal es, a grandes rasgos, la obra de Santo Domingo. Sobre la base de un heroísmo de amor a sus semejantes, de un trabajo agotador, que no tenía otro móvil que el servicio de Dios y de sus hermanos, fue durante cincuenta años un alma verdaderamente endiosada, un místico de la caridad y del amor a los hombres, pues de esta caridad y del amor a los hombres sacaba constantemente la fuerza que necesitaba para llevar adelante la ingente labor que se proponía realizar.

De este modo se hizo un santo eminentemente social, que tomó como ideal de su santidad el trabajar constantemente por los demás. Así se explica que fuera constantemente protegido por los reyes Alfonso VI y Alfonso VII.

Esta labor heroica en beneficio de los demás no la interrumpió durante los últimos años de su vida, en que, ya anciano y lleno de achaques, apenas podía moverse. Algunos años antes de morir, se refiere que se construyó para sí, a poca distancia de la iglesia, un sepulcro, que todos los años llenaba de provisiones, que luego distribuía entre los pobres.

A este propósito se atestigua que, contemplando este sepulcro una mujer, preguntó al Santo por qué lo había construido separado de la iglesia. El Santo le respondió: «Es de Dios que no esté yo separado de la Iglesia. Porque, o la Iglesia me buscará a mí, o yo a la iglesia». Y es bien conocido el hecho de que, al ensancharse posteriormente la Iglesia, incluyó a dicho sepulcro.

Así, pues, maduro para el Cielo con el ejercicio de las más sublimes virtudes, Santo Domingo entregó su alma al Señor el 12 de mayo de 1109. La fama de su extraordinario heroísmo y de su santidad se extendió rápidamente por toda la comarca y por toda Castilla y aun fuera de España. Por esto se comprende que bien pronto se unieran a su nombre gran número de milagros.

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