SAN ONOFRE, ORACIÓN PARA CONSEGUIR DEJAR ADICCIONES Y VICIOS

 
San Onofre vivió en completa soledad en el desierto durante sesenta años. En su juventud, se había criado en el Monasterio de Eratus, cerca de la ciudad de Hermopolis.
 
Habiendo aprendido de los Santos Padres acerca de las dificultades y la vida elevada de los habitantes del desierto, a quienes el Señor envió ayuda a través de sus ángeles, San Onofre aspiró a imitar sus hazañas. Salió en secreto del monasterio una noche y vio un rayo de luz brillante frente a él. San Onofre se asustó y decidió regresar, pero la voz de su ángel guardián le dijo que fuera al desierto para servir al Señor.
 
ORACIÓN
 
¡Oh! Glorioso San Onofre,
amoroso consolador de los drogadictos,
solícito protector de los bebedores,
eficaz alivio de los pobres abandonados.


Aquí esta a vuestros pies, humildemente,
un pobre pecador que por sus muchos fallos,
vive lleno de miserias, problemas y desgracias.

A vos, glorioso San Onofre, recurro,
confiando en ti e invocando tu ayuda poderosa.
Vos, que en la presencia del Altísimo,
realizas extraordinarios méritos para tus devotos,
implorando gracias para nosotros,
te ruego intercedas por mí.

Intercede ante la Santísima Trinidad,
y por el nombre Santísimo de Jesús y de María,
vos, que tanto los invocasteis
y que ahora gozáis de su compañía en el Cielo,
como premio a vuestras largas penitencias,
para que me concedan la gracia
de la remisión de mis pecados,
y si es del agrado de la Divina Bondad,
que yo sea libre, de cualquier vicio o adicción,
de la enfermedad y del dolor......

(nombre tuyo o de otra persona)

Bendice también a los “Alcohólicos Anónimos”
para que conserven firme su propósito
de vivir alejados de la bebida y de ayudar
a sus semejantes a hacer lo mismo.

Virgen María, Madre compasiva de los pecadores,
socórrenos, ayúdanos!

San Onofre, ruega por nosotros.

Así sea.

Rezar 3 Padre Nuestro, 3 Ave María
y 3 Gloria al Padre.


Hacia finales del siglo IV, San Pafnucio, quien vivía en un monasterio en Egipto, decidió ir al desierto para encontrar hombres de Dios y recibir su bendición.
 

Después de cuatro días de caminar, sus provisiones se agotaron, y cayó debilitado por el hambre. Pero un ángel se le apareció, lo consoló y lo condujo durante catorce días, sin ingerir ningún alimento, hasta un hombre de aspecto formidable: estaba desnudo y cubierto de pelo, como un animal, que llevaba solo un taparrabos hecho de ramas de árboles.
 

Tenía la apariencia de un cadáver, su cuerpo estaba tan agotado por el ascetismo y su cabello, tan blanco como la nieve, caía al suelo. Llamó por su nombre a Pafnucio, que se había escondido y, tras intercambiar un beso santo, le contó la historia de su vida.
 
Le dijo que era hijo del rey de Persia, y después de su nacimiento, tras de muchos años de oración, su padre recibió la revelación de bautizarlo bajo el nombre de Onofre y llevarlo inmediatamente a un monasterio egipcio para dedicarlo al servicio de Dios.
 
En el camino, una paloma lo amamantó, y ella continuó llevando gotas de leche al monasterio hasta que el niño tenía tres años. En esta comunidad ejemplar, Onofre creció en el temor de Dios y en el amor de todos sus mandamientos.
 
Mientras se jactaba continuamente de los anacoretas, que vivían en el desierto solo para Dios, esforzándose incondicionalmente, sin ningún tipo de bienes y sin ningún consuelo humano, se sintió acosado por un deseo insaciable de imitarlos.
 
Finalmente salió del monasterio por la noche, y en el camino, su Ángel Guardián se le apareció, resplandeciente, y le prometió ayudarlo hasta el final de sus días. Lo guió a una cueva donde vivía un viejo ermitaño, quien le instruyó durante unos días sobre el modo de vida de los ermitaños, y luego lo llevó al lugar donde moraba, cerca de un Palmera y una fuente clara.

San Onofre vivió en este lugar, durante setenta años, llevando una lucha implacable contra la naturaleza, la debilidad de la carne y los demonios. Soportó el calor tórrido, el frío de la noche y el invierno, el hambre, la enfermedad, para obtener los bienes prometidos por Dios a los que lo aman pero la asistencia divina nunca le falló, siempre que fue necesaria para él.
 
Cuando sus ropas cayeron en pedazos, el Señor le hizo crecer por todo su cuerpo, un abundante cabello que lo protegió de los rigores del clima, y ​​todos los días un ángel venía a traerle un pan para que se alimentara.
 
Todos los domingos un Ángel de Dios venía a traerles la Santa Comunión que los llenaba de consuelo espiritual y Energía para continuar sus luchas.
 
"Habiendo abandonado todo el cuidado de este mundo para confiar solo en Dios, no sentimos", dijo, "hambre, sed u otra aflicción. Y cuando uno de nosotros desea volver a ver a los hombres con nostalgia, los ángeles lo transportan en visión al Paraíso, donde se ve tan lleno de luz divina, que olvida todas sus labores y tristezas, y es con mayor ardor que reanuda su ascetismo."

 

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