SANTA ADELAIDA, ORACIÓN PARA MEJORAR LAS RELACIONES FAMILIARES Y EVITAR DISCUSIONES Y RUPTURAS


A pesar de que Santa Adelaida solo obtuvo un éxito parcial en la solución de rupturas familiares, conocía muy bien la importancia de tener una familia unida. La angustia familiar lastima a todos los involucrados y es una de las cruces más grandes para soportar.

Esta breve oración a Santa Adelaida, pidiéndole su intercesión te ayudará a mejorar cualquier situación adversa por la que esté pasando tu familia.
 
ORACIÓN

Padre celestial, mi Dios y Señor,
por favor ayúdame con mi familia.
 
Llena mi corazón de amor,
paz y caridad y expulsa de él
todos los pensamientos de ruptura familiar.

 
Por favor, toca el corazón
de todos los miembros de mi familia
para que unidos y en armonía,
y con la poderosa intercesión
de la gloriosa anta Adelaida
podamos acercarnos a ti cada día,
y así, nuestra familia pueda estar completa,
formando un solo núcleo de bienestar,
donde reine el amor, la paz y la concordia.
 
A ti, santa Emperatriz Adelaida,
te encomiendo la mediación
entre este devoto tuyo y Dios Nuestro Señor,
ya que por tus méritos obtenidos en la Tierra
gozas de su favor y predilección.
 
Santa Adelaida gloriosa, lleva mi súplica hacia Él,
y por favor insiste en solicitar su gracia
hasta que mi familia vuelva a estar unida,
y así permanezca para siempre.
 
Te lo pido a través de nuestro Señor Jesucristo,
tu Hijo, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo,
un solo Dios, por los siglos de los siglos.
 
Amén.
 
Sufrir y callar. Ésta fue la norma de la emperatriz Adelaida, la mujer más extraordinaria de su tiempo, tanto por su belleza como por su santidad.

 
El escenario donde ocurre la vida de la emperatriz, no puede ser más interesante: macizos de elevadas montañas cubiertas de nieve (los Alpes), verdes campiñas, ruinas romanas por aquí y por allá, aldeas de pescadores y leñadores, y muchos castillos.
 
Castillos inmensos, imponentes, grandiosos, con puentes levadizos que sólo se bajaban para los conocidos, con fosos profundos llenos de agua o repletos de reptiles venenosos, para que los enemigos cayeran en ellos y murieran.
 
La época es más interesante todavía: se remonta a los siglos feudales, cuando un reino estaba dividido en varios ducados, condados o principados cuyos amos y señores (duques, condes y príncipes), llamados de "horca y cuchillo", eran dueños de vidas y haciendas y hacían cuanto les venía en gana en sus dominios; cuando bastaba una mirada altanera, un "quítame ahí esas pajas" para que sobreviniera la guerra, la guerra que la ganaba el más fuerte y no el que tenía la razón, como muchas veces ha sucedido; cuando los hombres se vestían de hierro y montaban en sus caballos relucientes, tan adornados que de lejos parecían pájaros, y el jinete embestía a su adversario con una lanza que era como un resplandor; cuando no se podía concebir la dulzura, la tranquilidad del ánimo, y mucho menos la caridad y el desinterés, porque todos, desde el rey hasta el vasallo, estaban recelosos unos de otros, temiendo un ataque imprevisto, intrigando en la sombra.
 
Cuando, en fin, se dormía con un ojo cerrado y otro abierto, y había comida y dinero para las fiestas y torneos, menos para remediar la miseria de los necesitados.

En ese ambiente de soberbia, intranquilidad política y desasosiego interior, nació y creció una niña a quien sus padres pusieron el nombre de Adelaida.

La joven Adelaida, en aquel mundo aparatoso e injusto, era como una flor rodeada de serpientes, y pocas vidas hay tan interesantes como la suya, ya que la mayoría de las vidas ejemplares son hombres y mujeres que materialmente nada poseen, que viven en los conventos o van por el mundo sin más armas que la fe.
 
Pero Adelaida fue gran señora, una dama altísima, y además, emperatriz de su pueblo. Tenía, pues, el mando, la riqueza a sus pies. ¿Pero qué sucedió?
 
Que ella renunció a sus privilegios y vivió con modestia, dulzura, paciencia y caridad. Esto bastaría para inmortalizarla, pero aquí viene lo más grandioso, y es el heroísmo con que resistió las humillaciones de que fue objeto por la codicia y la maldad que le rodeaban.
 
Jamás una reina, en ningún tiempo, sufrió las humillaciones que tuvo que padecer Adelaida. La hicieron vestirse de harapos, la encerraron en una prisión tenebrosa, le quitaron sus hijos, sufrió la brutalidad, en obra y palabra, de todos sus parientes, y cuando reconquistó el mando, cuando se coronó emperatriz... ¿qué hizo?
 
Mandó llamar a los que la habían perseguido y vilipendiado, y los perdonó de todo corazón, devolviéndoles sus bienes.

Y no se crea que fue tímida y asustadiza, como esas mujeres que se desmayan al oír el chirrido de un ratón. No. La santa emperatriz fue valerosa y resuelta, capaz de administrar y gobernar un país con energía.
 
Cuando tuvo oportunidad de dar consejo, lo dio, y así los feudos moderaron su conducta, los excesos de toda índole disminuyeron y hubo amor y respeto hacia ella.
 
La historia de esta santa y extraordinaria mujer fue escrita hace muchísimos años por el monje Odilón (que más tarde fue canonizado), y el cual decidió dar a conocer los hechos de Adelaida para que la posteridad admirara su hermosísimo ejemplo.



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