SANTA MARÍA MICAELA, ORACIÓN PARA PEDIR UNA NECESIDAD URGENTE

 
 “Señor, ¡Triunfamos, triunfamos!
¡Guárdame Tú a mí siempre que yo te guardaré a Ti,
a costa de mi vida,
pues no tengo ya corazón donde quepan tantos amores!”.

ORACIÓN A SANTA MICAELA

Ardentísima y constante adoradora en la tierra
de Jesucristo oculto en la Eucaristía,
a quien ya contemplas sin velos en la celestial Sión,
gloriosa Santa Micaela.
 
Gozo intensamente al mirarte circundada
del esplendor de la eterna beatitud,
por lo que doy gracias al Dador de todo bien
que tan prodigiosamente te adornó
de sus más preciosos dones,
especialmente del de la perfecta caridad
para con Dios y con el prójimo.

 
Te suplico te valgas de tu poderosa intercesión
con Aquél que tanta predilección te ha demostrado,
para que derrames en mi alma
las gracias de que tengo necesidad
para cumplir con toda perfección
la divina voluntad en este destierro
y glorificarlo eternamente en la celeste patria.

Santa Madre, corazón de caridad,
escucha mi atribulada súplica
y concédeme.......... (pedir lo necesario)
que bien sabes necesito con la mayor urgencia.

No me dejes en el abandono,
pues el corazón de tu devoto está afligido
y en ti he depositado toda mi confianza.

Amén.
 
EL día 24 de agosto de 1865, falleció en la ciudad española de Valencia, Santa María Micaela, víctima de la caridad, pues habiendo asistido a los enfermos de cólera, contrajo esa terrible enfermedad.
 
He aquí sus últimos momentos, relatados fielmente por una de sus hijas espirituales:
 
"El médico declaraba asombrado que nunca había visto sufrir tanto con tan extraordinario ánimo. También sorprendió a este señor el observar que en cuanto los dolores y calambres lo permitían, la moribunda reanudaba sus oraciones.

 
Cesaron los vómitos a eso de las ocho de la noche, en vista de lo cual pensaron administrarle el Viático; se acercó, pues, la Hermana Catalina, y le dijo:
 
—Madre Sacramento: ha llegado una gran visita como último recurso, al fallar los de la medicina.
 
—¿Qué visita? —preguntó.
 
—La del Santísimo —respondieron.
 
—¡Gracias, Dios mío! —exclamó radiante—. ¡Oh, qué favor tan grande! Dios se lo pague, hija mía; yo no me atrevía a pedirlo, por haber comulgado esta mañana.
 
Volvió a recibir la absolución y fue después el Padre a la capilla en busca del Santísimo.
 
Se formó una imponente procesión de la comunidad, con velas encendidas, desde el oratorio al cuarto de la enferma, precedida de la campanilla anunciadora.
 
Recibió la santa el Viático, dando señaladas muestras de alegría, respondiendo claramente a todas las preguntas y quedando singularmente consolada.
 
¡Había trabajado mucho durante su vida para no perder ni un día la comunión, y el Señor le concedió recibirla dos veces el último de su existencia!
 
Empezó después a agravarse hasta el punto de perder el movimiento; y como observase que una Hermana trajinaba sin parar y se agitaba incesantemente por atenderla, la miró dulcemente y dijo:
 
"—Vaya, hija, a las doce no te daré ya que hacer. "
 
En cuanto al padre Vinader, declara que en esos momentos se quedó a solas con ella varias veces y que de cuando en cuando le dijo alguna cosa a modo de confesión. Siempre que él leía una oración o murmuraba una jaculatoria, ella la repetía, añadiendo a menudo el nombre de Jesús acompañado de una breve oración, pidiendo más sufrimientos y más paciencia para sobrellevarlos. Semejante estado duró hasta media hora antes de su muerte.
 
Desde entonces la respiración iba gradualmente apagándose. Rodeaban su mezquino lecho los padres Vinader y Cortés, el capellán de la casa, un coro de hermanas y el doctor Albiñana.
 
Empezó el padre Vinader a leer la recomendación del alma, después de preguntarle si se le ocurría algo, a lo que había contestado «que nada le daba pena». Todos aseguraban que más parecía empezarse a quedar dormida que entrar en plena agonía.
 
El padre leía las preces, pero impresionado ante aquella serenidad no corriente que reinaba en la habitación, se le nublaron los ojos y la voz se ahogó en su garganta. Cogió el médico el libro y prosiguió rezando, mientras que el padre se repuso y pudo continuar.
 
Como al terminar los preces, aún no había muerto la Santa, y ya tenía aplicadas todas las indulgencias, rezó el médico varias oraciones a la Virgen, y por último, la letanía. Al llegar al «oremos», abrió la moribunda los ojos, los elevó hacia el cielo, y expiró, mientras el padre decía enternecido:
 
"—Así mueren los justos."
 
 
 
 

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