ESPÍRITU SANTO, ORACIÓN PARA QUE SU PODER SE DERRAME SOBRE TI Y CONSIGAS TUS PROPÓSITOS


Glorioso Espíritu Santo
que como agua bendita te derramas
sobre las mentes, cuerpos y almas de los hombres,
seas por siempre bendito y alabado.
 
Tu, Dios bendito, Santo Espíritu,
derrama hoy mí tus dones
y con ellos haz
que todas mis carencias, sean satisfechas.



Bendito Dios, Paloma de Gracia,
llega hoy a mi e ilumíname,
deposita hoy en mi tu bendición
y hazme mejor de lo que hasta ahora
ha sido este pobre pecador. 

Consigue de mi que con tu inmenso poder,
pueda superar las duras pruebas a las que me enfrento,
que cada cosa que emprenda esté llena de tu sabiduría,
de tu proceder, de tu buen hacer,
y de esa manera, yo consiga abrir mis caminos,
que sea favorecido por tu divina presencia en mi,
que todo a mi alrededor sea próspero,
que consiga la salud del cuerpo y del alma
y los medios necesarios para obtener la prosperidad. 

Santo Espíritu que por donde te derramas
iluminas el camino mas oscuro,
¡Ven a mi! ¡Acude a mi llamada!

Soy tu amante devoto, y necesito tu ayuda,
no me dejes en el abandono,
porque estoy esperando la lluvia de tu gracia
para que mis caminos sean abiertos
en mis empresas y mis logros.
 
Amén


LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO

Durante los días que mediaron desde la Ascensión del Señor hasta la Venida del Espíritu Santo, San Pedro, como Jefe del Apostolado, con asistencia de todos los discípulos, que eran ya ciento veinte, eligió, para Apóstol, en lugar de Judas, a Matías, que fue sorteado con Bársabas.
 

Estando ya completo el número de los doce Apóstoles, y hallándose todos reunidos en el Cenáculo, que representaba a la Iglesia universal, sintieron de repente un estruendo del Cielo, como de viento, que soplaba con gran ímpetu, y llenó toda la casa en donde estaban sentados.


 
Y se les aparecieron unas lenguas, como de fuego, cada una de las cuales se colocó sobre cada uno de los Apóstoles.
 
Entonces quedaron llenos de Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en diferentes lenguas que el Santo Espíritu ponía en sus bocas. Sucedía esto cincuenta días después de la Resurrección, en el tiempo que se hallaban en Jerusalén judíos temerosos de Dios y gentes de todas las naciones del mundo, que se maravillaban al oír hablar a los Apóstoles en tantas lenguas distintas diciendo:
 
—¿Por ventura estos que hablan, no son todos Galileos rudos e ignorantes? pues ¿cómo es que oímos nosotros hablar a cada uno en la propia lengua en que nacimos?
 
Porque había —dice el Sagrado Texto— entre aquella muchedumbre, partos y medos, elamitas y los que moran en la Mesopotamia, en Judea y Capadocia, en el Ponto y en el Asia, en Frigia, en Egipto y tierras de Libia, que está próxima a Cirene, y los que habían ido de Roma, y judíos también, y prosélitos, cretenses y árabes.
 
Y a todos contaban, en sus propias lenguas, las grandezas de Dios.
 
—¿Qué quiere decir esto? —exclamaban atónitos, algunos de los cuales manifestaron, en son de burla, que los Apóstoles estarían embriagados.
 
Entonces, San Pedro, haciendo uso de la palabra, pronunció el primer sermón o discurso, cuyo resumen ha quedado registrado en los Hechos de los Apóstoles según el cual después de haber expuesto la Vida, pasión, muerte y Resurrección de Jesús, su misión divina y el cumplimiento que en él habían tenido las profecías, quedaron tan compungidos que dijeron:
 
Pues ¿qué es lo que debemos hacer?
 
A lo que Pedro les respondió:
 
—Arrepentíos, y que cada uno de vosotros sea bautizado en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; porque para vosotros es —añadió— la promesa y para vuestros hijos, y para todos cuantos, aun estando lejos, llamara así al Señor Nuestro Dios.
 
San Pedro convirtió aquel día memorable cerca de tres mil personas, que perseveraron en la doctrina de los Apóstoles, en la frecuencia de la Eucaristía y en la oración continua, vendiendo sus posesiones y haciendas para distribuir su importe a los pobres, según sus particulares necesidades, alabando a Dios y haciéndose amar de todo el pueblo, que diariamente aumentaba el número de los convertidos.


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