SANTA GENOVEVA, ORACIÓN A LA BIENHECHORA DE POBRES Y ENFERMOS PARA CONSEGUIR TU PETICIÓN


Santa Genoveva, humilde y virtuosa:
Poderosa santa que creciste en gracia y santidad
 ante la vista de Dios y de los hombres,
deseando con todas tus fuerzas
vivir como virgen cristiana,
se hoy mi consuelo
y atiende mis suplicas.

Bienhechora y caritativa santa Genoveva:
tú que fuiste el punto de unión
 entre barbaros y cristianos romanos
con la misión de trasmitir la fe católica,
liberar hombres encarcelados,
sanar a los enfermos
 y socorrer a los necesitados,
escucha mis ruegos.

Santa Genoveva ejemplo de virtud y piedad,
de mortificación y oración,
que padeciste enfermedad
y fuiste trasportada en espíritu
entre los coros de los ángeles,
para que el Señor te diera a conocer
todo lo que habrías de padecer
por su amor el resto de tu vida,
acude en mi ayuda,
igual que lo hiciste con tu pueblo afligido,
y no dejes que esta difícil situación
en la que me encuentro
se alargue por más tiempo:

(hacer la petición)

Santa Genoveva gloriosa,
magnánima en caridad
y venerada hasta por los paganos,
te pido encarecidamente atiendas mi petición
y pongas fin a mi aflicción
devolviéndome la paz y la alegría.

Amén. 
LOS MILAGROS DE SANTA GENOVEVA

Santa Genoveva, defensora y patrona de la ciudad de París, nació en una aldea cerca de esta ciudad. Su padre se llamó Severo, y su madre Jerónima. Desde niña resplandeció en ella la gracia del Señor de tal manera, que san Germán Antisiodorense, santo obispo y varón apostólico, yendo en compañía de san Lupo, obispo de Troya, a Inglaterra, para predicar y pasando por la tierra de Genoveva, salió todo el pueblo a recibir y agasajar a aquellos dos santos obispos, y entre ellos estaban los padres de Genoveva y ella misma.
 
La vio de lejos san Germán, fijándose en ella, y alumbrado de la luz del cielo entendió que aquella niña era singularmente escogida de Dios, y que había de ser una gran sierva suya.

Quiso saber cómo se llamaba y quiénes eran sus padres; y cuando lo supo, les dijo que eran dichosos y bienaventurados por ser padres de tal hija, que la criasen para Dios y pidió que llevaran otro día a la posada donde estaba, y con tiernas y dulces palabras le dijo a la niña que tomara a Jesucristo, como con su esposo, e ingresara en un convento. Y entendiendo de ella que éste mismo era su deseo y su intento, le dio, en señal de que la consagraba a Dios, una cruz, para que la llevase al cuello como una preciosa joya. Con esto, el santo prelado, encomendó a sus padres la niña, y se marchó.
 
Sucedió después, que un día de fiesta, quería la madre de Genoveva ir a la iglesia, y ordenó  su hija que se quedase en casa y reposase; pero la hija, deseando  ir al templo y no quedarse en casa, rogó a la madre que la llevase consigo. No accedía la Madre y con la niña seguía insistiendo se enojó y la dio un bofetón, y en ese momento quedó ciega, y lo estuvo por dos años, hasta que rogó a su misma hija que le trajese un poco de agua de un pozo, y que hiciese la señal de la cruz sobre ella, y lavándose los ojos con el agua recobró la vista. Fue éste el principio de otros muchos milagros que Dios obró por ella.
 
Siendo ya mas mayor, fue con otras dos jovencitas mayores que ella para que el obispo las bendijese y consagrase al Señor, y el obispo lo hizo, comenzando por Genoveva, porque tenía menos años, y por divina inspiración entendió los tesoros y gracias divinas que en su pecho se encerraban.
 
Murieron sus padres, y ella fue a vivir a París; porque así se lo ordenó su superiora y madre espiritual. Aquí contrajo una enfermedad  y era tan terrible que parecía que se le despedazaban los miembros; pero aceptada esta, Dios permitió que se recuperara totalmente. Por medio de la misma enfermedad la hizo conocer a la gente, y mostrar las virtudes y santidad con que ella resplandecía.

Vino en este tiempo a Francia Atila, rey de los hunos, a quién llamaban el azote de Dios; y realmente lo fue, por las provincias que destruyó y arruinó, por la mucha sangre que derramó, y por la crueldad y fiereza con que ejecutó la saña y furor del Señor. Llegó cerca de la ciudad de París; y temiendo sus habitantes que la destruyese y asolase como había hecho con otras muchas ciudades, determinaron para salvar sus personas, mujeres, hijos y hacienda, abandonar la ciudad y retirarse a lugares mas lejanos y seguros.
 
Lo supo Genoveva, y habló con algunas mujeres principales, rogándolas que detuviesen a sus maridos, y les persuadiesen que no temiesen tanto, sino que ellos y ellas acudiesen a Dios con oraciones, limosnas y ayunos, y esperasen de su misericordia que defendería la ciudad, y que aquella bestia fiera no la destruiría ni entraría en ella. Así se hizo, y la santa virgen, con su continua y fervorosa oración, encomendaba a su Jesús la defensa de su patria, y daba esperanzas a todos que no sufrirían daños.
Pero quiso Dios que los suyos, por hacer bien, padezcan mal de los mismos a quien hacen beneficio, y permitió que algunos de los ciudadanos de París, los más temerosos que ansiaban  salir de la ciudad y del peligro, viendo que santa Genoveva no tenía la misma idea y que la gente la seguía, planearon matarla y quemarla viva, o echarla en el río, o darle otra muerte cruel, aunque finalmente no lo hicieron.
 
Había venido un arcediano, enviado a París por el obispo Germán, y entendiendo lo que aquellos hombres desalmados trataban, y la muerte que querían dar a la bienaventurada virgen, apenas pudo con  palabras y buenas razones calmarlos y persuadirlos para que dejasen aquel cruel e inhumano intento, y que la creyesen, pues Dios moraba en ella, y en los ojos de san Germán era tan gloriosa como podían ver, por los dones que el santo pontífice por su mano le enviaba. Fue por Dios concedido que por los merecimientos de santa Genoveva, el ejército de Atila no llegase a París, y quedase exenta y libre del furor de tan bárbaro enemigo.

La vida de esta santa fue admirable y llena de todas las virtudes, de castidad, caridad, prudencia, simplicidad, paciencia y mansedumbre; pero su abstinencia y paciencia fue extremada, porque desde los quince años de edad hasta los cincuenta, solamente comía dos días de la semana, los domingos y jueves; y entonces comía un poco de pan de cebada y una escudilla de habas. Pasados los cincuenta años, por mandárselo así los obispos, comenzó a comer un poco de leche y algunos pececillos. En toda su vida no bebió vino, ni cerveza.

Tuvo gran devoción a san Dionisio Areopagita, y procuró que se le edificase un solemne templo en el lugar donde estaba enterrado, y aunque ella era pobre y hallaba dificultades para una obra tan grande, el Señor le abría el camino, y la proveía de medios  moviendo a muchas personas piadosas para que con sus limosnas ayudasen, y a muchos trabajadores para que contribuyesen a la causa. En una ocasión en que les faltaba bebida, la santa les proveyó abundante y milagrosamente.
 
Muchos, grandes y notorios fueron los milagros que el Señor obró por intercesión de santa Genoveva. Estando una noche en oración, a oscuras, se encendió de improviso una vela que allí estaba, y después los pedazos de ella dieron salud a muchos enfermos. Otra noche, yendo con sus compañeras a la iglesia, se les apagó una luz que llevaban, y tomándola la santa en la mano, volvió arder. Hurtó una mujer unos zapatos, y al momento quedó ciega, pero conociendo su culpa, y pidiendo perdón, recobró la vista, haciendo oración por ella santa Genoveva. Sanó a una doncella que nueve años había estado tan fatigada y enferma, que no podía usar ninguno de sus miembros. Le llevaron una vez, estando en París, doce endemoniados, y con sus oraciones los libró. Resucitó á un niño muerto, que había caído en un pozo, y aun no había sido bautizado; y a otro hombre manco le restituyó la mano.
 
Solía la santa, para estar más recogida y darse más a la penitencia y oraciones, encerrándose en su celda desde la fiesta de los Reyes hasta el Jueves santo.

Hubo una mujer, curiosa por naturaleza, que quiso acecharla para ver lo que hacía, y luego quedó ciega; y lo estuvo hasta que la santa salió de su encierro, y con sus oraciones le devolvió la vista que había perdido. Rogó una vez a un señor que perdonase a un criado suyo que le había ofendido; no hizo caso el señor, y no quiso perdonarle, y la santa con gran confianza le dijo: «Si tú no quieres oírme y hacer lo que te ruego, mi Señor Jesucristo me oirá;» y al volver a su casa el señor, padecía unas fiebres mortales, y conociendo su culpa se echó a los pies de santa Genoveva, suplicándole que le socorriese y se compadeciese de su trabajo; y ella lo hizo, y con su oración alcanzó salud al enfermo y perdón al criado.
 
Algo parecido a esto es lo que le aconteció al rey de Francia Childerico, el cual, aunque no había sido bautizado, tenía gran devoción y respeto a la santa. Una vez, habiendo mandado hacer justicia con algunos delincuentes, y temiendo que la santa le iba a pedir que los perdonase, y que él no se lo podría negar, se salió de la ciudad, y mandó que estuviesen cerradas las puertas, para que Genoveva no pudiese salir ni irle a buscar. Lo supo la santa y llegó a las puertas de la ciudad, que inmediatamente se abrieron, quedando los guardas asombrados; y siguiendo su camino llegó al rey, consiguiendo de él la vida de los que ya estaban condenados y a las puertas de la muerte.

Otros muchos milagros hizo Dios por esta sierva suya, sanando a los enfermos de muchas dolencias, echando de los cuerpos a los demonios con sus oraciones, multiplicando en un vaso vacío el aceite bendito y suspendiendo las nubes para que no lloviesen en sus campos, estando ella segando y lloviendo en los demás. Penetró los corazones y las vidas de algunos, que exteriormente parecían santos, e interiormente eran ruines y otras muchas cosas obró Dios por medio de la santa, raras, admirables y divinas.
 
Por último referir que estando la ciudad de París muy afligida por la falta de pan, y pereciendo los pobres de pura hambre, ella, compadeciéndose de tan grave calamidad, se determinó,  embarcarse con otra gente en el río Sena, que pasa por París, a buscar trigo para socorrer aquella necesidad. Se embarcó, y navegando halló en la ribera del mismo río un árbol grandísimo que con sus ramas abrazaba el rio, y provocaba que las naves que no pudiesen pasar. Tratando los que iban con la santa sobre cómo podrían cortar aquel árbol y quitar aquel impedimento, ella se puso en oración, y cayó el árbol por la fuerza de la oración de la santa, y de dentro de él salieron dos serpientes grandísimas y de malísimo olor.
 
En este mismo viaje, volviendo con las naves cargadas de trigo, tuvieron una borrasca peligrosa entre unas peñas, de la cual les libró el Señor por sus oraciones, y regresaron a la ciudad de París cargados de provisiones para el sustento y gozo de toda la ciudad.

Vivió esta preciosa virgen más de ochenta años con ejemplo de santidad, y siendo al mundo peregrina, al pueblo venerable, y a Cristo gratísima, acabó el curso de su vida el 3 de enero, y fue enterrada en la ciudad de París con gran devoción de todo el pueblo, pompa y solemnidad, donde es reverenciada, y tenida por especial patrona y amparo de la ciudad.
 
El rey Clodoveo y la reina Clotilde, su mujer, le edificaron un suntuoso templo.
 
De santa Genoveva hacen mención los Martirologios romano, de Beda, Usuardo y Adón. Pone su vida el P. Fr. Lorenzo Surio en su primer tomo, sacado de los libros antiguos escritos a mano.

Entre las alabanzas de esta gran virgen, una es, y no la menor, que viviendo en su tiempo, en Oriente, el gran Simeón Estilita, que era un prodigio de santidad en el mundo, solía por los mercaderes y otras personas, que venían de aquellas partes a Francia, enviar a visitar a santa Genoveva, y rogarla afectuosamente que rogase a Dios por él: porque a la que no conocía físicamente, conocía en espíritu, y entendía que era muy amada del Señor, y que poseía muchos merecimientos, por los que podía él alcanzar mayor gracia y perfección.

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