SAN HILARIO, ORACIÓN DIOS Y PADRE ETERNO


Oración de San Hilario de Poitiers
"Dios y Padre Eterno":

Cuando levanté la tenue luz de mis ojos

hacia tu cielo, pensé que no era más que tu cielo.

Cuando considero la raza de las estrellas
y veo que cada una cumple el papel que se le asigna, reconozco, oh Dios mío,
tu presencia en estas estrellas
que mi inteligencia no puede abrazar.



Cuando vuelvo mi mente a la tierra que,
después de haber recibido las semillas,
las hace germinar, luego vivir y multiplicarse,
no descubro nada que mi mente pueda entender.

Pero mi ignorancia me ayuda a contemplarte,
porque si no conozco la naturaleza
que está a mi servicio,
discerniré tu amabilidad,
el hecho mismo de que está ahí para servirme.

Por lo tanto, al no saber lo que me rodea,
entiendo lo que eres;
Y percibiendo lo que eres,
te adoro.

Mientras goce del aliento de vida
que me has concedido, Santo Padre,
Dios Todopoderoso, te proclamaré
Dios eterno,
pero también Padre eterno.

Amén.
 
Hijo de padres idólatras, recibió una educación pagana, y aplicado al estudio de las ciencias profanas desplegó su extraordinario talento, haciendo tan rápidos progresos en las letras y la filosofía, que ya entonces se vislumbraba en él había de ser uno de los sabios más eminentes de su siglo.

Las supersticiones y ridiculeces del gentilismo no satisfacían a su comprensión perspicaz y penetrativa; y ayudado de la divina gracia se desengaña de los absurdos del politeísmo, después de haber leído los libros de Moisés, de los profetas y del Evangelio, e iluminado con tan vivas luces se prepara para recibir el santo bautismo.
 
Inexplicable fue el gozo que experimentó al recibir el bautismo, como él mismo lo confiesa; y fue tan abundante la gracia que recibió cuando esta regeneración, que a manera de los cristianos perfectos se vio lleno del Espíritu de Dios. Desde entonces los libros sagrados eran todo su estudio y dulzura, y le infundió el Señor tan clara inteligencia de la sagrada Escritura y de las verdades más sublimes de la religión, que se presentaba como un hombre ya consumado en la fe y como un padre de la Iglesia.
 
Su esposa, mujer de un mérito singular, siguió los piadosos ejemplos de su esposo, siendo modelo de las señoras de su estado; y una hija, llamada Abra, aprovechándose de los virtuosos ejemplos de sus padres, llegó a un grado tal de virtud, que la venera como a santa la iglesia de Poitiers.

 
La pureza de sus costumbres, su modestia, celo y caridad eran la admiración de su provincia, y le granjearon tanta estimación, no sólo del pueblo, sino también del clero, su raro mérito y extraordinaria piedad, que muerto el obispo de Poitiers, por aclamación universal fue nombrado pastor y maestro de aquella diócesis.
 
El arrianismo por aquél tiempo había penetrado hasta las Galias, después de haber desolado casi toda la Iglesia de Oriente.
 
El hijo del gran Constantino, que entonces gobernaba el imperio, seducido por los artificios de su mujer, que era arriana, se declaró protector de esa herejía persiguiendo cruelmente a los obispos católicos. Hilario no cesó de declamar contra el error, vigilando al mismo tiempo como pastor solícito a sus ovejas, y de defender la doctrina de la Iglesia católica en el concilio de Beziers; y lo hizo con tal ardor y celo, que no pudiendo los autores del error sostenerse en vista de las razones y argumentos de Hilario, se valieron del emperador Constancio para desterrarle a Frigia.

Mucho sufrió el corazón de Hilario al ver el infeliz estado en que se hallaban las iglesias de Asia; los escándalos, los cismas, las perfidias se multiplicaban diariamente, protegido todo por el mismo emperador.
 
Mucho trabajó nuestro santo para confundir el error y restituir al aprisco de la santa Iglesia aquellas ovejas que había descarriado el lobo infernal durante el tiempo de su destierro; pero principalmente dio muestras de su gran celo cuando fue restablecido en su silla, haciendo reflorecer la disciplina eclesiástica, y persiguiendo la herejía hasta sus trincheras mismas.

Seis años gobernó su iglesia después del destierro, acabando la vida con una muerte preciosa a los ojos del Señor, el día 13 de enero del año 368, contando setenta y siete de edad.
 
San Hilario escribió excelentes obras, las que recomiendan mucho todos los santos padres de la Iglesia.
 
 

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