SAN DIMAS, ORACIÓN AL BUEN LADRÓN PARA RECUPERAR TUS PERTENENCIAS ROBADAS


Fue la grandeza de tu espíritu,
glorioso san Dimas,
la que en un momento de arrepentimiento
te ha hecho merecedor de la Gloria de Dios.

Cuando muchos dudaban de la Divinidad
de Jesucristo Nuestro Señor,
mostraste tu más puro arrepentimiento
y de esa manera Nuestro Señor
consideró darte un lugar en el paraíso celestial.



Tu eres el mas puro ejemplo
de lo que puede conseguir
un hombre arrepentido de sus malas acciones,
tu tuviste fe y fuiste perdonado.

Ayudame hoy, santo de mi devoción
a conseguir el arrepentimiento
de quién robó mis bienes.

Que por tu mediación, recapacite,
que se sienta arrepentido del mal que me ha causado
y tome la decisión de devolverme las posesiones
que en un momento de confusión,
me ha arrebatado.

Bendito seas Buen ladrón,
que arrepentido, salvaste tu alma,
ayuda hoy a quien me sustrajo mis bienes,
logrados con todo mi esfuerzo y sacrificio,
e inspirale, para que de la manera
que considere conveniente
me los restablezca en buen estado.

Glorioso San Dimas,
ayuda al ladrón que me robó
a seguir el camino correcto
de la misma manera que tu lo hiciste
para bien de su alma
y consigue restablecer mis posesiones
a mi poder, pues es causa justa y necesaria.

Yo soy tu devoto, y considero
que el arrepentimiento es el mayor
bien de los que erramos,
para obtener el perdón de Dios Nuestro Señor.

Considera el bien y el favor que obtendrías
ante Dios, con tu intercesión ante esta buena acción,
que alegraría mi vida, y acrecentaría todavía mas
el fervor que siento por ti.

Tu que lograste de Nuesto Señor, el perdón,
ayuda a quien me robó
para que con su arrepentimieto consiga
que yo recobre mi posesión perdida
y el bien de su alma.

Amén.

 
 
El Sacrificio de Jesús en la Cruz.

Llegó Jesús a la cima del Gólgota juntamente con los famosos ladrones, que habían de morir también crucificados, llamados Dimas y Gertas.

Dieron a Jesús vino mezclado con mirra y con hiel, narcótico que atenuaba los sufrimientos de los reos; mas, habiéndolo probado ligeramente, para que no pareciese que lo despreciaba, no lo quiso beber a fin de no disminuir los suyos.

Entonces le desnudaron hasta de la túnica, hecha sin costuras por manos de la Santísima Virgen, y echaron suertes sobre ella y se repartieron las demás vestiduras.

Tendida la cruz en el suelo, clavaron en ella el sagrado cuerpo del Salvador, levantándolo en alto y dejando caer de golpe el glorioso leño dentro del hoyo preparado para recibirlo.

Pilato mandó poner en la cruz una tablilla con el rótulo Jesús Nazareno, rey de los judíos, escrito en letras hebreas, griegas, y latinas, las tres lenguas principales que se hablaban en el mundo, para que todos supiesen quién era el que estaba allí crucificado; y, aunque los judíos pidieron que se corrigiera aquella inscripción de manera que expresase haber tenido Jesús la pretensión de ser Rey de los judíos, Pilato no lo consintió, confirmando así, aunque de modo inconsciente, la verdadera soberanía de Cristo.

La soldadesca, y cuantos pasaban por las cercanías del Calvario, se mofaban de Jesús, exhortándole, en medio de soeces burlas, a que descendiese de la cruz, si era Hijo de Dios, y se salvase a sí mismo.

Y entonces abrió su sagrada boca para lanzar este dulcísimo suspiro de amor:
 
—Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.

El ladrón Gestas injuriaba al Divino Mártir, diciéndole:
 
—«Si tú eres Cristo, sálvate a tí mismo, y sálvanos a nosotros.»
 
—Pero Dimas, el otro ladrón, respondió a su compañero:
 
— «Ni aun tú temes a Dios, estando como estás en el mismo suplicio? Nosotros estamos en él por nuestra culpa, pues recibimos el merecido de nuestras obras; mas éste ningún mal ha hecho.»
 
—Y, volviendo sus ojos á Jesús, le dijo:
 
—«Señor, acuérdate de mí, cuando estuvieres en tu reino.»
 
Y le dijo Jesús: En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Se hallaban cerca de la cruz, la Virgen Santísima, María Cleofé, María Magdalena, y Juan, el discípulo amado de Jesús.
 
El Salvador, dirigiéndose a su Madre, exclamó:
 
— Mujer, he aquí a tu hijo; y dirigiéndose al discípulo:—He aquí a tu madre.
 
¡Santas palabras por las cuales Jesús declaraba a la Virgen, Madre de toda la humanidad, y a los hombres, hijos de María, en la persona de Juan.

Jesús había sido enarbolado en la cruz cerca de la hora de sexta, la de medio día, y poco después grandes y negras tinieblas encapotaron el cielo, durando hasta la hora de nona, las tres de la tarde, en cuyo tiempo clamó el Salvador.
 
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?.
 
Poco después dijo Jesús:
 
—Sed tengo.
 
—Un soldado romano le aplicó a los labios una esponja empapada en vinagre, colocada en la punta de una caña y, habiéndola chupado el Salvador, exclamó:
 
—Todo está cumplido, dando a entender que todo había concluido, según lo anunciado en las Escrituras.

Mas todavía, con voz impropia de su agonía suprema, pudo decir el moribundo:
 
—Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.—Y expiró.

Súbitamente, el velo del Templo se rasgó, de alto a abajo, en dos partes; la tierra tembló en sus graníticos cimientos; se partieron las piedras de los montes; se abriéron los sepulcros, y muchos muertos resucitaron; las aves huyeron espantadas, y las fieras despavoridas, como si la naturaleza toda, poseída de santo y tremendo horror, sintiera la muerte del Hijo de Dios; y hasta el mismo centurión que mandaba las tropas del piquete, no pudo menos de decir: Verdaderamente este hombre era justo y era Hijo de Dios.

Los soldados quebraron, con una barra de hierro, las piernas de los dos ladrones, según costumbre, para asegurarse de su muerte; más no hicieron lo mismo con Cristo, porque se convencieron de que ya era cadáver. Así y todo, un soldado, llamado Longinos, atravesó brutalmente, de una lanzada, el cuerpo muerto de Cristo, brotando de la herida, sangre y agua, que son elementos de los dos principales sacramentos, el bautismo y la Eucaristía y las más copiosas fuentes de gracia.



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