BEATO JULIAN MAUNOIR, ORACIÓN PARA PEDIR SU INTERCESIÓN Y AYUDA


ORACIÓN
 
 Humilde y bueno, Beato Julian Maunoir,
misionero que señalaste el camino
para la divulgación del mensaje evangélico
en la antigua Bretaña y ganaste
tantas y tantas almas para Dios.
 
Tu que dijiste:
 
Sentí un celo extraordinario
por la salvación de las almas
y un gran deseo de trabajar por ellas
con todos los medios posibles.
 
La voz del Señor repetía en mi corazón:
Yo trabajé, lloré, sufrí y morí por ellas.
 
Hoy acudo ante tu presencia
para solicitar tu ayuda en la causa que me aflige.
 
(Exponer el problema y solicitar el favor)
 
Te suplico que hagas valer mi causa ante Dios,
Padre y Señor Nuestro,
con la confianza de que como devoto tuyo
no saldré defraudado de este intento
y conseguiré tu ayuda y protección.
 
Por Jesucristo, Señor Nuestro,
que vive y Reina en la Gloria de Dios Padre
junto con el Santo Espíritu.
 
Amén.
 
La Fidelidad de Julián

El beato Julián Maunoir, Sacerdote Jesuita, destacó por la admirable labor apostólica que llevó a cabo en la Bretaña del siglo XVII.
 
En esa región de Francia emprendió una ardua tarea para reafirmar el cristianismo, pues un largo abandono en materia espiritual había traído como consecuencia toda clase de excesos y desórdenes.

Julián encontró que los bretones padecían una gran ignorancia, la cual se manifestaba, entre otras cosas, en una evidente inclinación a las creencias supersticiosas. Su larga y extenuante labor fue logrando poco a poco los frutos que él había soñado, pero antes, tuvo que dar un constante ejemplo de fortaleza.

Algunas de las cualidades que lo hicieron resaltar más ante los ojos de sus feligreses, fueron su entrega total a la causa nobilísima por la que luchaba, y al cumplimiento de los designios de Dios, así como su fidelidad a la vida de pureza que había escogido.

Se sobrepuso valientemente a las condiciones que eran adversas a su misión, y realizó interminables jornadas a través de campos y aldeas, bajo el sol, la lluvia, la nieve o el viento, comiendo apenas, descansando muy poco y trabajando sin cesar.

Tales condiciones eran propicias para que la salud más robusta se quebrantara. En cada misión se hacía acompañar por algunos de sus discípulos, pero éstos no podían resistir tanto como él. Muchos murieron prematuramente, y otros abandonaron la empresa. Sin embargo, Julián sostuvo su estoica lucha apostólica hasta la edad de setenta y seis años.

No limitaba su apostolado a la Bretaña: luego que hubo educado espiritualmente a casi todos sus habitantes, volvió a recorrer los parajes ya transitados, y a predicar la doctrina para que sus moradores permanecieran dentro de la fe cristiana.

Organizó retiros y ayudó a establecer casas donde pudieran hacerse. Con la aprobación de sus superiores, escribió y dejó a los habitantes de la región consejos admirables para que pudieran evitar sus viejas faltas y crímenes, frecuentes antes de su labor.

Al llegar a los setenta y cinco años, se encontraba exhausto.

Un día, después de predicar en la parroquia de Crizón, el cura párroco se acercó a él y, viéndolo tan agotado, le dijo:


—Si queréis morir, Padre, morid aquí y dejad vuestro cuerpo a mi parroquia, ya que por ella habéis trabajado y sufrido tanto.

—No creo que sea aquí donde deba quedarme —respondió Julián—, porque siento que en este amado lugar me nacen más fuerzas, y tengo que llevar esas fuerzas a otros lugares donde me necesitan.

Poco después, en Bourbriac, sufrió un desmayo al bajar del púlpito. La gente creyó que iba a morir entonces, pero él profetizó:

—No moriré aquí, sino en las tierras de San Corentino.

Efectivamente, al llegar a Previn, en territorio de San Corentino de Cornovaglia, sufrió un ataque agudo de pleuresía. Se acercó entonces a él un rico caballero, ofreciéndole hospedaje y asistencia en su castillo. Maunoir agradeció mucho tan amable ofrecimiento, pero lo rehusó con las siguientes palabras:

—No conviene a un misionero, y menos a un misionero pobre, morir en donde hay abundancia.

Expiró en un humilde lugar, rodeado de sacerdotes y de buenos amigos. Fiel a todos sus ideales, expresó hasta el fin de su vida a sus discípulos:

—El mayor bien que podéis hacerme, es renovar el propósito de trabajar en las misiones hasta la muerte. No conozco obra más santa ni más útil.

 

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