ORACIÓN AL HERMANO GABRIEL TABORIN PARA RECUPERAR EL BUEN ÁNIMO Y LAS FUERZAS


ORACIÓN

Venerable Hermano Gabriel,
hombre bueno y piadoso,
ejemplo de bondad, caridad y misericordia,
vida ejemplar, maestro y mentor
de los que sentían la llamada de Dios.
 
Tengo la absoluta seguridad
de que tu llegada al cielo
fue celebrada por los ángeles de Nuestro Señor,
pues un alma pura como la tuya
merecía tal honor y recibimiento.



Humilde y venerable varón,
 que tantas gracias conseguiste de Dios
en tu dedicada vida terrenal,
se hoy que tan afligido y desamparado me encuentro
mi amparo, cobijo y protección
ante las vicisitudes de la vida.
 
Tu, que sin fatiga laboraste por los tuyos,
haz que sepa hacer lo mismo por los míos,
 
Inspírame para que en los malos momentos,
sea capaz de recobrar mis fuerzas,
de acrecentar mi ánimo y mi personal voluntad
para no decaer, para no fallar a los que de mi dependen,
no me dejes caer en el abandono mío
pues son tantas las dificultades
que encuentro en mi camino, que temo desfallecer,
perder las fuerzas y caer en la depresión.
 
Devuélveme la vitalidad que tan necesaria me es
para seguir en la lucha diaria,
que es algo que a ti nunca te faltó
y que a mi me llenaría de vida nuevamente
para no dejan a los míos en el abandono.
 
¡Tu puedes hacerlo venerable señor,
porque se que están muy cercano a Dios Nuestro Señor,
y por tu mediación, Él escuchará con agrado tu petición.
 
Yo estoy seguro de salir de la desidia con tu ayuda,
caritativo y humilde hermano,
y esto será para engrandecimiento tuyo
y bien de mi alma y de mi vida,
 
Seguro de obtener mis súplicas,
tu devoto queda a tu disposición
y la espera de un día, reunirse contigo
en el Cielo, junto a Nuestro Padre Celestial.
 
Amén.

EL ADIÓS DE GABRIEL TABORIN

Gabriel Taborin murió en la madrugada del 24 de noviembre de 1864. Había pasado más de un mes luchando contra el agotamiento que iba consumiendo sus fuerzas. Porque esa es la verdad, que ni aun entonces, ya con la muerte rondándole la pieza, cedía su voluntad de trabajo.
 
Los médicos no le encontraron ninguna enfermedad particularmente definida, sino el natural desgaste de una actividad extremada. Breves reacciones daban a sus religiosos la ilusión de que, acaso, se mejoraría. Allá en lo íntimo y en las calladas conversaciones, todos, al igual que él mismo, tenían la absoluta certeza de que sólo un milagro podría demorar la partida.
 
Y con esta certeza —y ese filial dolor— se habían alejado, terminado el Retiro Anual, rumbo a sus tareas en las distintas escuelas.
 
Al iniciarse el 23 de diciembre el Capítulo General, el Fundador les había expresado su convencimiento de que aquella era la última vez que los veía reunidos en la Tierra. Y la "ceremonia del perdón de las faltas" fue su despedida, exhortó a la unión fraterna entre sí y con el Superior que le sucediera. Después ya no abandonó su pieza en la enfermería, sino por breves momentos...

 
Desde allí, empero, había seguido atendiendo a los asuntos del gobierno de la Congregación, no obstante las órdenes del médico, de reposo absoluto. Su lucidez mental no lo abandonó en ningún momento. Aun hubiera querido ir personalmente a fundar la escuela que iban a abrir en Belleydoux —su pueblo natal— dos Hermanos.
 
Cuando los Hermanos que partieron a abrir escuela en Tours le pidieron su bendición, él, enderezándose penosamente en el lecho, les dijo:
 
—Probablemente sea ésta la última bendición de vuestro Padre Superior. Yo me voy, mis queridos hijos. Rogad por mí.
 
El obispo de Belley había ido a visitarlo y le había comunicado que las Comunidades de la ciudad harían una novena al Cura de Ars, por su salud.
 
El Hermano Gabriel agradeció, con humildad, esas muestras de afecto; empero, por su parte, no quiso rezar ni un Ave María con esa intención:
 
—Que se cumpla la voluntad de Dios —ése era su más ardiente anhelo, y si Dios quería llevárselo, él estába dispuesto.
 
Su único deseo aquí en la Tierra era ver a todos sus religiosos, abrazarlos y bendecirlos a cada uno en particular.
 
—Yo los bendigo una y otra vez. Quiera Dios que esta bendición los llene de felicidad... En cuanto a la muerte... ¡si ella es el buen Ángel del Señor! —Yo no la temo; ella nos lleva a Jesucristo, nuestro Maestro y Señor...
 
Recibió los últimos Sacramentos con cabal conciencia:
 
—Quiero prepararme para el gran viaje al otro mundo.
 
Cuando le trajeron el Viático, pidió a los Hermanos allí presentes, perdón por los malos ejemplos que les hubiera dado.
 
El Hermano Juan —Juan Charriére— entonces, conteniendo los sollozos que le llenaban el alma, le contestó en nombre de todos:
 
—¡Oh, no, Hermano Gabriel! Somos nosotros quienes debemos pediros perdón a vos.
 
El Hermano Amadeo, a su vez, como Vicesuperior General, le expresó el afecto y la gratitud de todos. La emoción le trababa las palabras: eran los hijos despidiendo a su padre.



 

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