VIRGEN DEL BREZO, ORACIÓN PARA RECIBIR AYUDA EN LAS NECESIDADES

 
ORACIÓN
 
Santa María de Nazaret,
Virgen Madre del Señor:
volvemos nuestros ojos a ti
los que te llamamos Virgen del Brezo.

Enséñanos cada día
a hacer la voluntad de Dios
y a recibir en nuestro corazón
la vida y la palabra de Jesucristo.



Ayúdanos en nuestras necesidades,
haz con tu presencia y tu plegaria
que seamos hijos para Dios
y hermanos para los hombres.

Enséñanos a rezar y a servir
y ruega por nosotros, Madre Buena,
ahora y en la hora de nuestra muerte.
 
AMEN.
 
Era el año 1478. Dos sencillos pastores, cuyos nombres nos recuerda la historia, diciéndonos que se llamaban Pedro y Diego, después de haberse ocupado durante el día en las faenas propias de su oficio, se hallaban en la ciudad de Cáceres entregados por la noche al sueño, cuando despertándose ambos al mismo tiempo y muy sobresaltados, exclamó el primero:

-¡Diego, Diego, una hermosa señora acaba de aparecérseme mirándome con bondad, y como con intenciones de decirme alguna cosa importante.

-¡Qué casualidad! le interrumpió su compañero: ahora mismo, cuando tú te despertabas, me ha parecido ver también a una noble mujer rodeada de esplendorosas luces disponiéndose a hablarme.

-«Para deciros a ambos, oyeron que les interrumpía una voz misteriosa, que agradecida de vuestra virtud y piedad quiero manifestaros mi predilección y cariño, encomendándoos una misión que ha de llenar de pura alegría y de santo júbilo vuestros tiernos corazones

- Oyes Pedro? se atrevió a preguntarle asombrado Diego.
- Si, pero no veo a la persona que nos habla.

- Sin duda que debe ser la hermosa Señora que hemos visto en nuestros sueños.

- Nadie sino la Virgen María
 podría hablarnos sin verla; ¿no es verdad?

- Cierto. contestó la voz desconocida. Y luego añadió: la Virgen María es quien os dirige la palabra, oíd.

Los pastorcillos, aunque con algún temor, prestaron atención a la voz desconocida.

Esta continuó:
- Pronto la luz del alba vendrá a disipar las tinieblas de la noche.

«Vosotros entonces en lugar de llevar como otras veces a apacentar vuestros ganados, en dulce compañía arreglareis vuestras alforjas y dirigiréis vuestros pasos hacia la villa de Cervera del rio Pisuerga.

«En las montañas de Liébana buscareis una fuente que llaman los naturales de aquel lugar Fuente del Brezo.

«Cuando os encontréis allí, Yo os diré de qué modo se ha de levantar en aquel sitio un templo donde reciba adoración como cariñosa Madre que soy, de todos los buenos cristianos.

«Nada mas me resta que deciros sino que confieis siempre en mi poderosa protección.»

Cesó la voz, y los dos sencillos pastores, confundidos y admirados con tan raro prodigio, guardaron por algun rato profundo silencio, hasta que Pedro mirando a su compañero le interrogó con la vista como si le preguntase que quería significar todo lo que se les habia encargado.

- Bien claro nos ha manifestado la Virgen cuáles son sus deseos, dijo Diego.

- ¿Cumpliremos lo que nos ha ordenado? le interpeló Pedro.

- De ninguna manera debemos oponernos a su divina voluntad.

-  ¿ No seria bueno que le contáramos todo lo que nos ha sucedido a alguna otra persona?

- ¡Ya veremos! repuso Diego.

En tanto, los primeros crepúsculos de la montaña vinieron a alumbrar la estancia donde estaban los dos pastores.


- Hora es ya de disponernos para nuestro largo viaje, dijo entonces Pedro.

- No, le contestó su amigo. No debemos precipitarnos; lo que creemos que es realidad puede haber sido solo desvarío de nuestra imaginación.

- ¿Lo crees tú así?

- No: pero es muy maravilloso cuanto nos ha pasado esta noche, y no debemos precipitarnos.

- ¿Vamos a desobedecer a tan hermosa Señora?

- No hemos de aventurarnos a hacer un viaje tan largo, sin consultarlo antes con gentes que tengan mas mundo y mas experiencia que nosotros.

- Dices bien; no abandonemos nuestros ganados para ir a tan lejanos lugares.

Todo aquel dia lo pasaron Pedro y Diego discurriendo y hablando sobre los sucesos de la noche, y cuando otra vez recogiendo el sol sus luminosos rayos para irse a ocultar en el occidente, recogieron ellos también sus ovejas para irse a entregarse al descanso.

A la misma hora que en la noche anterior volvieron a despertarse, preguntándose ambos de quién era la voz que llegaba a sus oídos.

- Otra vez la Señora nos despierta para hablarnos, exclamó Diego.

- Calla, pues, y escuchemos, le interrumpió su compañero.

- «En verdad, oyeron que les decía la misma voz de la noche anterior, que debía reñiros por vuestra incredulidad y desconfianza.

«Por segunda vez os encargo que mañana al amanecer os encaminéis hacia el antiguo reino de León, y en las montañas de Liébana busquéis la Fuente del Brezo.

«Espero que me obedeceréis.»

Nada volvieron a oír los dos pastores, y levantándose al instante, se decidieron a preparar sus alforjas para la caminata.

- Nos vamos por fin, interrogó Pedro a Diego.

- Si, contestó este; pero no saldremos de la ciudad sin dar cuenta a algunas personas del mandato de la Virgen, pues no es posible que sea otra la bellísima Señora que nos ha hablado en las dos noches.

- Me parece muy bien tu determinación, y pues que pronto el sol vendrá a sorprendernos con sus hermosos rayos, vamos antes de que salga a ver a esas personas.

Fueron en efecto los dos jóvenes a las casas de varios conocidos, que sorprendiéndose de que tan temprano los visitaran, oyeron con bastante curiosidad su extraordinaria relación.

Diverso fue el parecer de aquellos con quienes consultaron lo que debían hacer los dos pastores. Unos creían que desde luego debían ponerse en camino y procurar llegar cuanto antes al sitio que les ordenara la Virgen María; otros algo incrédulos, les decían que era todo ilusión de sus sentidos, y que no debían exponerse a los azares de un viaje tan largo, abandonando sus familias y ganados; y otros sin saber que consejos darles, les indicaban que dejaran pasar varios días a ver si la celestial Señora volvía a aparecérseles.

Dudando Pedro y Diego con tantas y tan diferentes opiniones, pensaron que lo más acertado seria como les habían manifestado algunos, el esperar hasta que la Señora les ordenara por vez tercera emprender el viaje.

En la noche de aquel mismo día, la Madre del divino Salvador, se apareció nuevamente a los pastores, y reprendiéndoles con bondad sus dudas e irresolución, les amenazó con negarles sus favores si pertinaces e incrédulos volvían a no cumplir sus órdenes.

- Marchemos, dijo Pedro cuando desapareció la visión, y cesó de oír la divina voz de la Virgen.

- Si; marchemos, repitió su compañero, y no nos opongamos a sus deseos si no queremos sufrir las consecuencias del enojo de tan noble y poderosa Señora.

Apenas el hermoso astro del día empezó a alumbrar con sus vivificantes rayos a la naturaleza, los dos pastores, tomando sus alforjas y cayados, según el consejo de algunos piadosos varones, se dirigieron al palacio del Sr. Obispo con intención de narrarle el objeto de su viaje, y pedirle su bendición antes de ponerse en camino.

Les oyó atentamente el prelado, y bendiciéndoles como le pidieron, les dijo al despedirles:

- «Id con Dios, dichosas criaturas. La Reina de los cielos os proteja y os muestre siempre ese cariño y predilección, que merecéis sin duda por vuestra honradez y nobles sentimientos.

«Tal vez el mal espíritu, envidioso de vuestra buena suerte, procure presentaros mil obstáculos para que no cumpláis las divinas órdenes.

«Tal vez procure pervertiros, arrebatando de vuestros puros corazones la sencillez y la inocencia que se halla en ellos, y que tan acreedores os hacen a los celestiales favores de la Reina de los ángeles.

«Si sois siempre verdaderos cristianos, si continuáis piadosos suplicando a vuestra protectora que no os desampare y os guie a través de todos los peligros hasta el lugar que os ha indicado, no dudéis que un día, llenos de contento y alegría, la veréis que se os aparece de nuevo para daros las gracias por haber cumplido dignamente vuestra consoladora misión.»

Ansiosos de encontrarse luego los dos pastores en el sitio adonde les mandara la Señora, a pesar de ser su viaje difícil y penoso, ni un momento se detuvieron sino para dar el preciso descanso a sus fatigados cuerpos.

Unas veces preguntando por los lugares donde pasaban, que dirección debían seguir para llegar a las montañas de Liébana; otras entrando por senderos desconocidos para ellos, pero hacia los que les llevaba un secreto impulso de sus corazones, siempre en amistosas y dulces pláticas, los dos pastores pudieron por fin distinguir sus altas cumbres.

Se internaron luego por sus agrestes colinas, inquiriendo de otros pastores el lugar donde hallarían la Fuente del Brezo, se dirigieron a ella salvando varios espantosos precipicios, y atravesando por la maleza de los árboles y jarales, y por entre escabrosos riscos.

Después de no pocos trabajos y pesquisas, hallaron un arroyo que iba a infiltrarse en un terreno áspero y pendiente, y siguiendo su cauce, pudieron descubrir aquella fuente que había de ser desde aquel día rico manantial de gracias y favores celestiales.

- Hemos llegado ya al término de nuestro viaje, exclamó Pedro, ¿qué hacemos ahora?

- Esperar nuevas órdenes de nuestra divina protectora, le contestó Diego.

- ¿Y nos quedaremos aquí expuestos a mil peligros, lejos de las gentes y sin conocer el terreno?

- Sí; nos quedaremos, Pedro, porque así lo quiere la Señora; hagámonos con los pequeños arbustos y con las ramas de los árboles que hay por aquí, una pequeña caballa donde guarecernos por la noche y nada temamos.

Hicieron los pastores una choza, visitaron todos aquellos lugares llenos de unos arbustos y de pequeñas plantas llamadas brezo, de la que tomaba su nombre la fuente que tenían allí cerca, y cuando vinieron las tinieblas de la noche a cubrir de negras sombras toda la sierra, se recogieron los dos pastores a su improvisada vivienda, rogando antes a la Virgen que les comunicara pronto nuevas órdenes y les librase de toda clase de peligros.

Pronto les despertó aquella dulce voz que oyeran otras veces.

Pero entonces, con gran alegría de los dos piadosos pastorcillos, no solo escucharon a la voz misteriosa, sino que vieron a la hermosa Señora que risueña y bondadosa les dijo:

- «Gracias, Diego; gracias, Pedro: vuestras virtudes, vuestra acrisolada piedad os ha hecho merecedores de la alta dicha de ser los primeros que me rindáis culto en estas soledades, delante de una imagen sagrada que mañana a primera hora veréis rodeada de mágicas estrellas, de brillantes luces en este mismo sitio.

«Luego que la hayáis recogido, uno de vosotros irá a avisar a las gentes para que todas la adoren, manifestándoles que es mi divina voluntad se me edifique aquí un templo donde siempre oiré gustosa sus plegarias, socorriéndoles en todas sus necesidades y salvándoles en todos los peligros.»

Y la promesa de la Reina de los Cielos se ha cumplido, pues siempre que sus fieles han acudido al santuario que la erigieran los primeros cristianos que disfrutaron de la misma dicha de los pastores, encontrando tan precioso tesoro, siempre han salido consolados y bendiciendo a la cariñosa Madre del Dios todopoderoso.

Diversas vicisitudes ha sufrido ese religioso santuario, en el cual fueron enterrados los restos mortales de los dos piadosos pastorcillos Pedro y Diego.

Las revoluciones de nuestro país han ocasionado mil daños irreparables en el lugar donde tiene su morada Nuestra Señora del Brezo, pero la devoción tan grande que la han profesado siempre muchos corazones cristianos, ha hecho que hoy mismo si no con el esplendor de otros mas felices tiempos, recibe aun las adoraciones y homenajes de gratitud y cariño de sus fieles devotos.
 

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